Juan Claudio de Ramón

La historia y la memoria

«El documento permite el viaje en el tiempo y hace que la historia se distinga de la fábula o el mito. En el documento se fijan los hechos, núcleo de la investigación histórica»

Opinión

La historia y la memoria
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Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Azadas son las horas, dice el poeta, y a cada golpe se entierra el pasado. Con él quedan cubiertas las hebras que tejen y hacen comprensible el presente. La historia libera al pasado de su sepultura y lo escarda de las malas hierbas que le crecen encima. El formidable problema de acceder a una realidad ya no existente no tendría solución de no ser por la supervivencia del documento. El documento permite el viaje en el tiempo y hace que la historia se distinga de la fábula o el mito. En el documento se fijan los hechos, núcleo de la investigación histórica. Pero los hechos son solos datos verificados de la experiencia. A Heródoto, padre de los historiadores, no le basta con el deseo de salvaguardar del olvido las hazañas de griegos y persas; también quiere explicar por qué se hicieron la guerra. En el siglo V a.C. nos da ya la doble función de la historia como ciencia: exponer lo que pasó y explicar por qué pasó. Exposición, explicación. La historia es la ciencia que estudia los hechos del pasado y su entramado causal. «Porque si nada tenéis que decirnos», dice Voltaire, «salvo que un bárbaro sucedió a otro en las orillas del Oxus y del Jaxartes, ¿qué más nos da?»

Así concebida, la historia debe distinguirse de la «memoria histórica» (menos mixtificador sería llamarla «memoria colectiva»), que surge de la potencia de ciertas vicisitudes para erigirse en pilar del sentimiento de pertenencia a la comunidad. Estos hechos no podrían cumplir su función aglutinante si estuvieran historiados en toda su complejidad, y por ello se los manipula y simplifica, del mismo modo que la memoria cerebral recorta y conserva solo algunos fragmentos de la biografía, con propósitos eminentemente prácticos. Sería poco atinado suponer que toda memoria, por el hecho de estar estilizada, es necesariamente falaz: dependerá de la cantidad de historia que contenga. No todo recuerdo es falso, pero los falsos recuerdos existen y no es lo mismo recordar que soñar.

En sus instrucciones a los colaboradores de la Cambridge Modern History, Lord Acton dictó el ideal de objetividad de la historia: «Nuestro Waterloo ha de ser satisfactorio para franceses e ingleses, holandeses y alemanes por igual». La memoria es por fuerza subjetiva y autorreferencial. Su piedra de toque, señala Ricoeur, no es el documento, sino el testimonio: dos testigos pueden no recordar lo mismo y no recordarlo sinceramente. Otra diferencia es que la historia, aún sabiéndose fragmentaria por desecamiento de las fuentes, aspira a ser total: allí donde hay una zona en sombra, acude con la pálida llama de su quinqué. La memoria, en cambio, lo suele ser de un único acontecimiento, generalmente causante de dolor. Tratando de deslindar los conceptos, Pierre Nora ubica con agudeza a la memoria en el ámbito de lo sagrado y a la historia en el campo de lo profano. Abusando de la paradoja, podría decirse que la historia sólo comienza propiamente donde el olvido ha hecho su trabajo. La historia es tan remota como antiguo sea el documento que se conserva, mientras que la memoria es siempre reciente: el aura del testimonio se atenúa al apagarse la generación para la cual lo recordado fue vivido. Es el momento peligroso en que los vivos pueden ceder a la tentación de usurpar la memoria de los muertos para ganar una disputa del presente o legitimar un desvarío propio. («Lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido», se lee en uno de los más bellos poemas españoles).

David Rieff ha escrito palabras elocuentes y turbadoras contra una memoria histórica colectiva «siempre selectiva, casi siempre interesada y todo menos irreprochable desde el punto de vista histórico» y que «ha conducido con más frecuencia a la guerra que a la paz, al rencor que a la reconciliación y a la resolución de venganza en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón». Se insinúa aquí la posibilidad de que, contra lo famosamente advertido por Santayana, sean los pueblos que recuerdan demasiado su pasado los que se condenen a repetirlo. Rieff no exagera los abismos a los que aboca una memoria borracha y narcisista, pero quizá excluye muy rápido la posibilidad de una memoria disciplinada, no fanática, rebelde a la autohipnosis, capaz de no desbordar un cauce histórico razonable, entre la Escila del olvido y la Caribdis de la mentira. También de formularse de modo inclusivo sin caer en irenismos. Ya dice Hesíodo que si bien las musas –de las cuales la memoria era madre– gustan de decir mentiras con apariencia de verdades, también saben, cuando quieren, decir la verdad.

En los conflictos entre historia y memoria, debemos conceder la supremacía a la historia, solo sea porque la historiografía es un saber contrastable y la memoria no, lo que presupone la plena libertad de aquella para investigar sin vetos ni tabúes. Ninguna respuesta debe ser dictada de antemano, ningún interrogante debe prohibirse. La historia, en suma, no debe legislarse. En los conflictos entre las memoria de unos y de otros, no conozco mejor receta que la sugerida por el filósofo Reinhardt Koselleck, resumida en tres palabras: «mantener las diferencias». He aquí la cita completa, que recomiendo tener siempre a mano en países como España:

«Mi regla en este tema consiste siempre en mantener las diferencias, debatir sobre las diferencias sin máscaras. De este modo, cada uno tiene la oportunidad de mantener su independencia respecto al otro gracias al reconocimiento mutuo. El reconocimiento de ambas partes supone de entrada una predisposición hacia la paz. Pero si uno niega la independencia de los otros, entonces te ves sometido de inmediato a la presión de suprimirlos. Creo que insistir en las diferencias es la mejor manera de contribuir a la paz y a la memoria común, puesto que la memoria está dividida. Y aceptar esto último, aceptar que la memoria está dividida, es mejor que inventarse una memoria única, de una sola pieza. Me parece que ésta debería ser la norma, la regla general en este tipo de asuntos».

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