Roberto Esteban Duque

La imagen del niño muerto

Aunque el mar ignora la tragedia y el mundo asiste sordo al exilio migratorio, el corazón más frio queda sobrecogido ante la desoladora imagen de la muerte de un niño besando sin aliento la espuma de las olas del mar

Opinión

La imagen del niño muerto

Aunque el mar ignora la tragedia y el mundo asiste sordo al exilio migratorio, el corazón más frio queda sobrecogido ante la desoladora imagen de la muerte de un niño besando sin aliento la espuma de las olas del mar

Aunque el mar ignora la tragedia y el mundo asiste sordo al exilio migratorio, el corazón más frio queda sobrecogido ante la desoladora imagen de la muerte de un niño besando sin aliento la espuma de las olas del mar; un niño muerto, huyendo de la guerra, parábola infame de la ferocidad humana, capaz en su miseria de provocar el atroz sufrimiento, el horror de vestir de luto y de llanto la sagrada inocencia. El hombre no es despreciable, sólo lo es el mal que lo corroe.

La imagen más espantosa nunca lo es sin la bondad que socava. El mal más devastador no es algo, sino la privación de un bien debido. Y la privación de ese bien, lejos de ser algo en sí misma, depende de la realidad que viene a corromper. La guerra, en su violencia más incontenible, siempre tiene la debilidad de apoyarse en la paz. El perverso, en la búsqueda deliberada y alienante de la destrucción, asiste a la imposibilidad de desfigurar el bien que lo circunda y funda la propia existencia.

La imagen del niño muerto revela un sufrimiento infernal que no tiene nada de santificante, vacío, inútil, nunca invocado, nunca elegido, siempre estéril, la deserción del hombre en su eterna huida hacia sí mismo. Pero la imagen del niño muerto remite a una profundidad mayor, encarna la metáfora del rechazo voluntario del ser dado, el miedo a elevarnos a una vida superior. La imagen del niño muerto religa a la trascendencia: somos incapaces de amor sin una gracia de lo alto, despojados de la experiencia radical de nuestra bajeza, privados de la primordial acogida de una Presencia santificadora que nos expolia de nuestras idolatrías y posibilita hospedar en nuestro corazón a todo hombre transformado ahora en imagen de Dios.

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