Juan Claudio de Ramón

La lectura y la escritura

«Se diría que amistad y lectura son términos correlativos: se avanza por el mundo mereciendo los libros que se leen, porque antes se han merecido los amigos que los recomiendan»

Opinión

La lectura y la escritura
Foto: Lilly Rum| Unsplash
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

¡Qué inspirado ha estado Montano para titular su libro de lecturas! «Inspiración para leer». Devuelve la lectura a su condición de arte. ¿No decimos acaso de un músico que ha estado inspirado para interpretar tal o cual partitura? Así también el lector debe ser intérprete del tono y el ritmo de lo que lee: saber si al texto le conviene adagio o allegro, cuando el autor ordena paso y cuando galope. Esto solo es posible cuando se quiere leer y no haber leído. No siempre encontramos en nosotros esa disposición de ánimo, esa inspiración. Aunque, como en cualquier arte, el hábito logre resultados aceptables. La calidad del libro influye: cuanto mejor, más difícil improvisar. Habrá días en que uno no sepa leer el Ulises como días en que el mejor pianista no sabe tocar una sonata de Beethoven. La lectura, en fin, nunca ha sido cosa mecánica: la prueba es que, por primera vez en la historia, la mayoría saber leer pero no necesariamente busca leer

Montano es, por supuesto, uno de los grandes lectores que tenemos en España. Se advierte en las primeras páginas de su gavilla de amores tipográficos, en que confiesa su conciencia de mal lector, de lector sin método ni disciplina. Ya somos dos: también yo salto de piélago en piélago, según el demonio que me posea en cada momento, dejando océanos de ignorancia de por medio. La inspiración para leer, por lo demás, también se precisa para elegir lo que se lee. La humanidad carece de un manual del perfecto lector, una vademécum esencial que evite intolerables lagunas o atroces pérdidas de tiempo. Instrucciones de lo que hay que leer y del momento propicio para hacerlo: qué leer cuando se es joven o viejo, cuando se está cansado o triste. Lo mejor aquí es el mentor: el amigo revestido de autoridad que susurra «tolle, lege»; el «toma y lee» de Agustín. Sin esa guía el naufragio en el mar sin orillas de la literatura es seguro. Fiados a nuestro arbitrio seremos capaces de monstruosidades, como leer a Sartre o no leer a Cyril Connolly. Porque hay libros que leer antes de morir y hay libros que leer antes de nacer. Por lo demás, se diría que amistad y lectura son términos correlativos: se avanza por el mundo mereciendo los libros que se leen, porque antes se han merecido los amigos que los recomiendan. En el entendido de que una recomendación no es un catecismo: no soy partidario de prohibir ni el más ponzoñoso de los libros, entre otras cosas porque no hay forma más segura de que se acabe leyendo.

Que leer es quizá el más noble aspecto de la civilización lo prueba que a los reos se les prive de libertad pero no de una modesta biblioteca. Hasta la Inquisición, que podía llevarte a la cárcel por leer, te prestaba algún libro para matar el rato en la celda. Leyendo se sale de uno y de cualquier otro calabozo. El Doctor Johnson resumió el vasto repertorio de lecturas posibles en dos tipos: libros que sirven para disfrutar la vida, libros que sirven para soportarla. Enjoying and enduring. Hay libros para quitar canas y libros para ponerlas. Libros para rejuvenecer y libros para madurar. Pero hay que desembarazarse de mitos pegajosos. Por ejemplo, que leer nos hace buenas personas. Aunque libros puedan tener ese efecto –de El Quijote es imposible salir peor persona–, también se da el contrario. Otro: que nos harán más sabios. Pero un libro puede aportar conocimientos ciertos o falsos. El tamiz del tiempo se suele encargar de separar, si no verdad y mentira, al menos lo bello y usadero de lo carcomido y venenoso. Tiene toda la razón Jünger en que no es el hombre sin cultura, sino el hombre deformado por la cultura, el que debe preocuparnos. No el que no ha leído un libro en su vida, sino el que ha leído tres. Los ideólogos, fanáticos y censores son de esta clase y todos tiene un común esto: tomar el libro como fundamento de verdad y no como una senda. Para vadear el riesgo, solo existe un método: seguir leyendo. Comer papel y beber tinta son taras aceptables, pero no llevarse el libro a la sauna: letraheridos, no, por favor, pasados los veinte años. 

Escribir hace posible leer, y los lectores devuelven el favor haciendo posible a los escritores. La escritura también tiene su propia mitología asociada. Por ejemplo, que es muy difícil hacerlo bien. Es cierto que hay escritores natos, pero para la mayoría basta no ser totalmente sordo y un poco de autoexigencia. También aquí el trabajo es la variable fundamental e incluye haber leído mucho. Todo escritor de valía es ontológica y cronológicamente antes un lector musculado: «Si escribo una página antes he leído cien», dice Borges. Es cautela imperiosa: la mayoría de malos libros que circulan se deben a que sus autores carecen, como dice un amigo, del cociente adecuado de palabras leídas y escritas. Pero leer y escribir se distinguen en algo crítico. Aunque precise un recogimiento, leer es en última instancia un acto social. Los libros se prestan, las lecturas se comentan. No existe nada que impida al acto privado de leer volverse comunitario. Se puede leer en comunidad y así comienzan muchas herejías. Perdida la costumbre de leer en voz alta para otros –como en los refectorios de los monasterios aún–, quedan los debates y coloquios que un libro es capaz de generar. Escribir en cambio es el oficio más solitario que existe, una de las pocas cosas que nadie puede hacer por ti (hablo de escribir, no de publicar). Se trata además de una soledad duradera, tramada, avara. Dura. (Nos ceñimos a la tribu de los escritores, aquellos que asumen un compromiso estético con la palabra, y no a los miles de personas que por deber profesional escriben cosas, tanto o más importantes que la literatura). De lo leído, además, nunca hay que arrepentirse, cosa que sí ocurre con cosas que se escriben. Escribir tonterías es lance no raro incluso entre los mejores. Nos los advierte Lope en un famoso paso de Fuenteovejuna

Más muchos que opinión tuvieron grave, 

por imprimir sus obras la perdieron; 

tras esto, con el nombre del que sabe, 

muchos sus ignorancias imprimieron.

Solitario e imprudente. Añadamos: mal pagado. Pocos son lo que cubren gastos con lo que escriben, menos aún los que se enriquecen dándole a la tecla. ¿Por qué, entonces, escribir? Haciéndose esa misma pregunta, George Orwell se respondía: «Todos los escritores son vanos, egoístas y perezosos, y en el fondo profundo de sus motivos, yace un misterio». Una combinación de motivaciones frívolas y de una pulsión que brota de un oculto manantial de la voluntad. Si no es lo mismo querer leer que querer haber leído, tampoco es lo mismo escribir que querer ser escritor. Yo acepto la parte vana de la vocación, y experimento la misteriosa. Escribir con el deseo de recordar la vida, de que no se me olvide. Escribir es un conjuro contra la contingencia, también contra la contingencia de lo que hemos leído, que es lo que ha llevado a Montano a la imprenta. El deseo de que las palabras sobrevivan como pavesas sobre los médanos de la nada. No suele ocurrir, intentarlo da consuelo. 

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