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José Antonio Montano

Vuelve el tiempo

«En mi memoria se recortan ahora sobre un fondo de fracaso, porque ninguno de los tres propósitos que me hice (no diré cuáles) los he cumplido. Pero el placer que destilan es quizá, por ello, superior»

Opinión

Vuelve el tiempo
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Se ha disipado el oro de agosto, un mes con una relación curiosa con el tiempo: dentro de él no transcurre, pero se extingue. Se extingue ese tiempo sin tiempo. Como si solo tuviese un principio y un final, y en medio esa burbuja áurea.

Lo bonito son las concreciones. Lo que ha ocurrido (o se ha pintado) en esa especie de abstracción. En mi memoria se recortan ahora sobre un fondo de fracaso, porque ninguno de los tres propósitos que me hice (no diré cuáles) los he cumplido. Pero el placer que destilan es quizá, por ello, superior. Componen una postal, la postal de mi agosto.

Mis desayunos de cara al mar (“desayunando azul”, me decía; aunque este año ha habido muchas mañanas grises). En mi torre prestada de Montaigne. Aperitivos con ventilador y vino blanco. Caminatas por el paseo marítimo y días de playa. Comidas, espaciadas, con los amigos que han venido a visitarme (¡yo no he ido a visitar a ninguno!). Capítulos de media hora en el cine nocturno de la terraza: los de la primera temporada de En terapia (¡mi amor de verano ha sido Melissa George!) y los de Alfred Hitchcock presenta. Las presentaciones de este con un humor envidiable, hoy saludablemente corrosivo: “El final fue feliz: no se casaron”. Y en los últimos días dos películas: A pleno sol (¡Patricia Highsmith!) y Déjame entrar (¡vampirismo sueco!).

En cuanto a lecturas, aparte de Laura o el camino de la filosofía de Francisco Lapuerta (de la que escribí la otra vez): mi cuota diaria de páginas del fastuoso Kafka de Reiner Stach, El último apaga la luz de Nicanor Parra (¡chistes para espantar a la poesía!), ¿Dónde vamos a bailar esta noche? de Javier Aznar (llevado por sus podcasts, que he escuchado en mis paseos; antes de agosto agoté los de Víctor Lenore), Gabo y Mercedes: una despedida de Rodrigo García (llevado por su serie; emocionante, aunque los párrafos citados de ‘Gabo’ me parecieron letra muerta), Diarios de viaje de Albert Camus (por Brasil buena parte; hay un encuentro con José Bergamín en Montevideo) y la antología Crónica de plata de Emily Dickinson, que encontré en un rastro de por aquí y acabo de empezar. Más seis libros de Peter Handke, el autor por el que me ha dado extrañamente: Ensayo sobre el Lugar Silencioso, La mujer zurda, Carta breve para un largo adiós, Ensayo sobre el día logrado, Desgracia impeorable y La doctrina del Sainte-Victoire. No me ha apasionado, pero llegaba a una librería y me traía otro. He apreciado el tono tal vez. O la ausencia de coacción: podía dejarlo cuando quisiera.

Pero ya está aquí septiembre. Vuelve el tiempo.

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