Juan Manuel Bellver

La llamada del Mediterráneo

«Aquel mar plateado que pintaron extraordinariamente Picasso, Cezanne, Sorolla o Signac y que inspiró a Serrat su obra más emblemática es hoy «gloria y miseria», como explicaba él mismo en una entrevista pasada»

Opinión

La llamada del Mediterráneo
Foto: @misssusanflynn| Unsplash
Juan Manuel Bellver

Juan Manuel Bellver

Nací en 1965, un año extraordinario para el pop anglosajón. De ahí quizá esa vocación musical que me llevó a tocar en grupos y colaborar en fanzines durante la movida madrileña. Pronto quedó claro que lo que mejor hacía era contar historias: La Luna de Madrid, Ruta 66, Primera Línea, Cambio 16, El Independiente… hasta llegar a El Mundo, donde pasé 18 años dirigiendo varios suplementos de fin de semana y, en la última etapa, destinado como corresponsal político en París. Además de la música y el periodismo, mi otra gran pasión es la gastronomía. Empecé a escribir sobre ello en 1991, cuando no estaba de moda, y esa actividad secundaria terminó proporcionándome premios y distinciones, además de una nueva carrera profesional. Desde 2014, dirijo Lavinia España, empresa que promueve una visión cultural del comercio del vino. Ahora escribo por diversión.

«Me voy una semana a la playa, a comer sardinas en junio mirando el Mediterráneo, como recomendaba Josep Pla». Así, de sopetón, me anunció hace unos días mi esposa su decisión inapelable de abandono conyugal temporal por prescripción literaria, dejándome como consuelo una lista de consignas: descuelga la colada que amenaza lluvia, ocúpate del niño –¡un adolescente que va camino de sacarme la cabeza!–, no salgas demasiado con los amigotes, riega las plantas pero procura no matarlas como la última vez…

¡Dichoso Pla! Con esa loa permanente a la vida lenta de su pueblo ampurdanés, ese humanismo escéptico y ese moderado epicureísmo ligado al paisaje y la buena mesa, que constituye la única militancia permitida al hombre cuerdo (Jorge Bustos dixit), no hay modo alguno de luchar contra él. Todo lo más, resignarse practicando el ocio extremo al término de la jornada laboral: nada de obligaciones ni compromisos. Vida contemplativa digna de un zángano urbanita o de aquel memorable José Luis López Vázquez que, al protagonizar la comedia costumbrista El cálido verano del Sr. Rodríguez (Pedro Lazaga,1965), dio origen a una de las expresiones del castellano que menos entienden los guiris: estar de Rodríguez.

Andaba yo tratando de sacar el máximo partido al sofá del salón en una sobremesa dominical particularmente apacible cuando cayó en mis manos un artículo de prensa sobre el 50 aniversario del legendario disco Mediterráneo (1972) de Joan Manuel Serrat. ¡Demonios! Era como si los astros se hubieran conjugado, en vísperas del solsticio estival, para transmitir la irresistible llamada del Mare Nostrum. 

Aquel mar plateado que pintaron extraordinariamente Picasso, Cezanne, Sorolla o Signac y que inspiró a Serrat su obra más emblemática es hoy «gloria y miseria», como explicaba él mismo en una entrevista pasada: «Gloria por razones evidentes. Y miseria, por ser escenario de vidas humanas perdidas». «En un tiempo de visados, fronteras y alambradas –rezaba la hoja promocional de su gira Mediterráneo Da Capo (2019)–, el cantautor ha tenido la feliz ocurrencia de considerar que, además de ciudadano del mundo, catalán, español y europeo, lo es sobre todo de su mar de cada día, de esa patria líquida que une, más que separa, continentes, tradiciones, creencias, colores de piel e incluso hombres y mujeres que nadan en sus playas, navegan en sus yates y naufragan en sus pateras».

«Existen tres clases de personas: los muertos, los vivos y los que van por mar», dijo Aristóteles. Serrat no escribió Mediterráneo a bordo de un velero, sino desde la ventana del segundo piso del hotel Batlle –hoy desaparecido–, en Calella de Palafrugell (Girona). Era una colección de nueve canciones propias, más un glorioso final basado en el poema Vencidos de León Felipe, con un nivel de inspiración superlativo y unos arreglos musicales primorosos, casi vanguardistas para la época, a cargo de Juan Carlos Calderón, Gian Piero Reverberi y Antoni Ros Marbà.

Joan Manuel sólo tenía 28 años cuando fue elevado a los altares de la música cantada en español gracias a aquel octavo elepé que sería señalado, al final de los 70, como el disco nacional más importante de la década. «Hay mucho Serrat antes y después de este disco, pero Mediterráneo sigue siendo su trabajo más trascendente, el que ha marcado a distintas generaciones. ¿Cuántos oyentes no han hecho suyo ese relato? ¿Cuánta gente no ha dejado de relacionar algún momento de sus vidas con algún pasaje melancólico de este disco que ha llegado a todos los rincones del mundo?», explica el libro Mediterráneo: Serrat en la encrucijada (Efe Eme, 2015), donde Luis García Gil reconstruye la gestación de esta cumbre del pop español. 

Durante mi niñez, Mediterráneo sonó indefectiblemente en cada uno de los viajes familiares que hicimos en los 70 en aquel Seat 1430 blanco, en el cual mi padre había instalado un reproductor de cartuchos de 8 pistas; cartuchos que, por su mayor ancho de banda, sonaban teóricamente mejor que los cassettes magnetofónicos al uso. Toda la familia se sabía de memoria el disco y cada cual teníamos nuestro corte favorito. El de mi padre era Pueblo blanco, quizá porque le recordaba esa localidad granadina en la que nació y a la que de mayor nunca quiso volver…

El mío era el que da título al disco, con esa desordenada enumeración de estampas y recuerdos, mecidos por el viento y las olas en un compás 6 x 4 de flamenco-jazz, donde se mezclan los atardeceres rojos, el verde de los pinos o el amarillo de la genista con amores, juegos y penas. Una reivindicación en clave poética –pero nada cursi– de esta cultura milenaria y mestiza, con espíritu inclusivo y alma marinera, de la que estamos impregnados (casi) todos los que hemos crecido en este país en la segunda mitad del siglo XX, sin que podamos librarnos de llevar en la piel el sabor amargo del llanto eterno ni ese alma que, a fuerza de desventuras, se ha vuelto profunda y oscura.

«El mar es para mí la esencia de la vida», dejó escrito Pla. Durante esta semana rara de mantel individual para cenar, he aprovechado para volver a escuchar Mediterráneo, que se mantiene fresco como una lechuga. Y, ya en plan un poco obsesivo –tengo que hacérmelo mirar–, para descubrir Hijos del Mediterráneo (Warner, 2019), ese disco de homenaje dirigido por Amaro Ferreiro (ex Piratas), en el que una decena de figuras de la escena musical patria (Drexler, Amaral, Xoel López, Iván Ferreiro, Calamaro…) interpretan la pieza serratiana, siguiendo rigurosamente el orden del repertorio y respetando los arreglos originales. Atención a la sobresaliente versión de Qué va a ser de ti por Tulsa y al taciturno cierre de Vencidos a cargo de Josele Santiago (ex Enemigos). 

Pero además, redundando en la nostalgia costera, he recuperado un ejemplar de Las ciudades del mar (1942), ese tributo del maestro Pla a su mar –nuestro mar–, a través de todos esos enclaves antiquísimos por los que el escritor catalán se paseó para describirnos su paisaje y su paisanaje, la vida de los cafés y de los mercados, las fiestas y dichos populares, así como esa sabrosa (y sana) dieta alimenticia a base de verduras, pescados, cereales, aceite de oliva y vino que incluso la Unesco ha declarado como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. 

De Mallorca al Bósforo, pasando por el Rosellón, Cerdeña, Sicilia o Croacia, 

Pla nos da una lección de literatura descriptiva, con una adjetivación sublime, y nos llena los sentidos de imágenes, olores y sabores exuberantes, que incitan a ir quitando el polvo a las maletas y –ahora que va siendo más fácil por la situación sanitaria– soñar con viajes inminentes a destinos portuarios donde se sirva Pastis. 

En cuanto acabe este artículo, me voy a descorchar una botella de blanco provenzal y a preparar unas sardinas con tapenade, para ir entrando en situación… 

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