Manuel Alberca

La Mancha, el semiólogo y el archivero

«Al irreal personaje cervantino, y por extensión a todos los símbolos quijotescos, lo hemos convertido por arte de birlibirloque en oficialista seña de identidad»

La Mancha, el semiólogo y el archivero
Foto: Cdoncel| Unsplash

No creo exagerar si digo que La Mancha es un territorio literario único. Gracias a Cervantes, el espacio geográfico se ha trasmutado para convertirse en un ente literario autónomo. Sin dejar de ser real, se ha conformado de acuerdo a la lógica de la invención cervantina. Es sin duda un caso especial, porque ni el condado de Yoknapatawpha, de William Faulkner, ni el Macondo, de García Márquez, ni la Región, de Juan Benet, que nacen de una geografía real e identificable, han provocado la confusión de ficción y realidad en sus actuales habitantes como la conseguida por la obra de Cervantes.

Ninguno de estos territorios literarios ha producido efectos tan directos como La Mancha quijotesca en la realidad manchega. La razón de esta fusión entre realidad y ficción reside sin lugar a dudas en la manera soberbia con que El Quijote consigue trenzar ambos polos dentro del texto y del modo en que la mirada de Cervantes sobre La Mancha y el mundo creado por su novela han ido ¿condicionando?, no, lo siguiente, la visión de los manchegos de su propia tierra. Es altamente probable que La Mancha no existiese sin la obra inmortal de Cervantes. No al menos del modo en que hoy se conoce, es decir, tampoco sería, paradójicamente, una comunidad «autónoma» sin esta dependencia quijotesca. 

En apariencia, el paisaje resulta anodino: «triste y solitario país –observa el narrador galdosiano en Bailén—… si alguna belleza tiene, es la belleza de su propia desnudez y monotonía… […]. La grandeza del pensamiento de don Quijote no se comprende sino en la grandeza de la Mancha». Por supuesto que para los manchegos la Mancha no es así, ni triste ni solitaria. Pero la natural retranca, que a veces nos hace parecer cazurros, nos lleva a aceptar las negativas visiones ajenas, incluso a comprenderlas. Por lo general el manchego, incluso el que profesa de serlo, lo es sin acritud ni énfasis, tal es el carácter que da la tierra a los allí nacidos.

«Es altamente probable que La Mancha no existiese sin la obra inmortal de Cervantes»

Ha querido el azar que coincidan en las librerías dos libros, que se ocupan de este asunto, pero difieren en método, tratamiento y conclusión, siendo, a pesar de todo, complementarios. Los libros son Asombro y desencanto, de Jorge Bustos (Libros del Asteroide), que incluye los relatos de dos viajes: uno por la ruta del Quijote, renovando el que 110 años antes hiciese Azorín en 1905, y otro por Francia, reverso del primero, que le da pie al autor a establecer comparaciones entre el país vecino y el nuestro. El segundo libro es Personas y personajes del Quijote, de Francisco Javier Escudero Buendía (Almud ediciones), que se propone encontrar en los archivos de los siglos XVI y XVII las personas reales que habrían inspirado a Cervantes la creación de los personajes de su libro. Ninguno de los dos autores es manchego, sino de Madrid, que es como se sabe el territorio amputado a Castilla la Nueva por la actual ordenación administrativa. Así que miel sobre hojuelas, porque no se podrá decir que hacen nacionalismo plañidero ni nada por el estilo. Son libros diferentes en su manera de considerar las relaciones que la patria del hidalgo Alonso Quijano mantiene con la Mancha y los manchegos de hoy. Y sin embargo cada uno nos aporta a los manchegos nativos y también a los adoptivos (es decir a los lectores de la novela de Cervantes) motivos de reflexión y un conocimiento más profundo y necesario: en el fondo ambos vienen a cuestionarse y a dilucidar qué es La Mancha y qué deuda tiene La Mancha real con la creada por la novela. Y esto, claro, a algunos manchegos nos provoca de manera especial. Veamos. 

 

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Torreón de Don Juan de Austria, Plaza de Santa María y monumento a Miguel de Cervantes en Alcázar de San Juan, Ciudad Real, España. | Foto: Cdoncel.

Honda es Castilla es el título que da Bustos a su viaje por la ruta del Quijote. El relato esboza su propia teoría del viaje: «Nunca viajamos para evadirnos de la realidad sino más bien para recobrarla». El viaje vendría a ser una manera de insuflarle una dosis de vitalidad y realidad al camino de la vida que la cotidianeidad habría convertido en un muermo. El viaje nos espabila y la imaginación literaria nos hace mirar las cosas ya vistas y las desconocidas con una hondura que antes ni sospechábamos.  El semiólogo que se nos revela Bustos es capaz de descifrar códigos secretos y extraer jugosos mensajes, no exentos de ironía, de la inmensa y calcinada planicie manchega que en su horizontalidad parecería presentarse tan vacía cual tabula rasa. El viaje de Bustos a la Mancha nos conduce a la almendra intrahistórica de lo español, donde todo parece detenido en el tiempo y a la vez se descubre como irremediablemente perdido. No en vano su visión de La Mancha conserva un aroma noventayochista: «La Mancha es el núcleo espiritual de España». Dicho de otro modo: Bustos pone a dialogar la realidad del siglo XVII con la España de hoy, y la lectura que hace de los mensajes que esta emite es digna de destacar. Bustos mira y nos revela lo que estaba delante de nuestros ojos y no éramos capaces de ver. Su prosa ágil, precisa y plástica, que huye de lo innecesariamente críptico y barroco, es la luz que enciende la oscuridad y convierte en nuevo lo cotidiano para mostrarnos lo que estaba allí, pero la modorra de la costumbre nos impedía ver. 

«El viaje vendría a ser una manera de insuflarle una dosis de vitalidad y realidad al camino de la vida que la cotidianeidad habría convertido en un muermo»

De las huellas y mensajes cifrados, que Bustos encuentra en su viaje, cabe destacar el poder de la novela cervantina para producir efectos extraliterarios en La Mancha actual: una realidad paralela literaria se superpone y se funde con la realidad inmediata y material, creando una inconsútil mezcla de real-ficción en los manchegos y en el aprecio que de nosotros mismos –los manchegos— hacemos. La ficción se ha hecho realidad y habita dentro de nosotros, cabría sentenciar. Hemos llevado las cosas tan lejos que no pisamos la tierra sino una mixtura geoliteraria entre la seca y polvorienta realidad y el cielo de la literatura, sin que esto signifique que renunciamos ni podamos prescindir del carácter rotundo que tiene lo real manchego, que, por su contundencia, es imposible ignorar. De la presencia múltiple del Quijote en La Mancha de ahora mismo en forma de estatuas, monumentos, fuentes, recuerdos de todo tipo en gasolineras, nombres de bares y restaurantes, ventas y hoteles, se constata una que viene de lejos y ya contase el propio Azorín. Cuando este viajó por la Mancha en 1905 se encontró que seguía vivo el debate de los pueblos manchegos que peleaban por ser el lugar del nacimiento del Quijote, del que Cervantes no quiso acordarse. Es sin duda una disputa con gran dosis de ingenuidad infantil, enternecedora y patética, con la que Cervantes se vengaba posiblemente de algún mal trato recibido… Esta mixtura, concluye Bustos, da lugar a una cierta distorsión de la obra de Cervantes: lo que fue motivo de chanza para este, que nunca llegaría a ridiculizar si acaso a filtrar por un fino y humano humorismo, algunos manchegos le han dado la vuelta de modo que aquello que era farsa lo han convertido en motivo de reivindicación con ribetes de obsesión. Es en cierto modo el tributo o la deuda que la Mancha ha pagado, paga y seguramente seguirá pagando mucho tiempo a su «inventor».

El libro de Escudero es bien distinto, y sin querer sacar de sitio la semántica de su apellido hay que concederle que su trabajo y su obra sobre el Quijote son merecedores de que se le concediese tan ilustre distinción. Escudero es licenciado en Derecho e historiador y ejerce y ha ejercido de archivero en diferentes localidades de La Mancha conquense, toledana y ciudadrealeña. Su ciclópeo trabajo en los archivos municipales, parroquiales, provinciales de la región está movido por la pasión de experto y admirador de la obra de Cervantes: asegura haber leído y estudiado más de mil documentos de pleitos de todo tipo, aproximadamente unos cien mil folios de los siglos XVI y XVII. Hay que agradecerle ese trabajo ímprobo de entrar en los archivos y leer tanto documento de endiablada escritura enlazada. Y también es justo felicitarle de no haber perecido en el empeño y de que no se le haya licuado el cerebro buscando las raíces reales del libro sagrado de los manchegos. 

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Molinos de Consuegra, Toledo. | Foto: Jorge Fernández Salas.

Sostiene Escudero que Cervantes, desde la atalaya de su residencia en Esquivias y de manera ambulatoria en sus travesías de La Mancha camino de Andalucía en su etapa de recaudador de impuestos, se habría impregnado por fuerza de la multitud de historias reales acaecidas en el territorio triangular que forman El Toboso, Mota del Cuervo y Quintanar de la Orden, recogidas en los legajos de archivo estudiados. A juicio del archivero, es tal el cúmulo de homónimos y topónimos, amén de las historias, coincidentes entre los textos de archivo y la novela, que Cervantes se habría inspirado necesariamente en ellos para construir el relato y sus personajes. Evita no obstante el recurso a la desacreditada metodología de los «modelos vivos», para decantarse por una más razonable que evita la identificación vertical y directa, para establecer conexiones transversales y horizontales entre la realidad manchega de la época y la obra literaria. Según esto, Cervantes habría ordenado toda esta información en planos superpuestos sin hacerla coincidir en un solo personaje. Después su filtro personal, la habría rehecho de acuerdo con su talento creador; es decir, partiendo de las historias que él novelista conociese o le contasen, habría manipulado, asimilado y transformado todo, hasta hacer con ellas una «novela pura». No cae por tanto Escudero en la torpeza de establecer determinismos sin tino ni relaciones mecánicas ni directas entre realidad histórica y ficción, pero para el investigador no cabe la menor duda que Cervantes conocería estas historias documentadas en pleitos, denuncias y juicios. Además lo ratificarían los numerosos nombres que allí aparecen que están en la base  de los nombres cervantinos incluidos el de Alonso Quijano y Aldonza Lorenzo. Para demostrarlo ha seguido los pasos de una treintena de linajes manchegos que serían prueba irrefutable de su tesis.

No seré yo quien contradiga a quien ha trabajado tan a conciencia y mareado en el piélago peligroso de los archivos y se ha sumergido en el laberinto de la críptica escritura procesal de la época. Sin embargo, ¿qué demuestran tantas coincidencias o parecidos homonímicos y toponímicos? ¿Qué relación tienen estas historias que, a juicio de Escudero, debieron inspirar a Cervantes con la inteligencia y el humanismo de la obra? Son preguntas que se me ocurren a la vista de lo que el estudio expone, y cuya respuesta no me quedan claras, pero seguro que la culpa es mía. En cualquier caso espero que el encantador Frestón no le haya jugado la misma mala pasada que a don Quijote, con la diferencia que a este, con la ayuda del cura y el barbero le hizo desaparecer su biblioteca, pero a nuestro archivero el maligno mago bien podría haber confundido la máquina de imaginar o ver historias cervantinas sin tino en los archivos. Maestros tiene el cervantismo para dilucidar estas cuestiones en las que de veras no me atrevo a entrar. Pero independientemente de esto, el libro de Escudero encierra tantas y sabrosas historias de vida manchegas, que solo por esto ya merece la pena leerlo. 

«Se podría considerar esta falta de historia o de hechos colectivos históricos con anterioridad al siglo XVI, una seña de ‘desidentidad’ nacional»

Como ya he dicho en otra ocasión, creo que los manchegos somos unos «nacionalistas» sin señas de identidad consagradas y sin reivindicaciones históricas pendientes ni agravios victimistas. De hecho, se podría considerar esta falta de historia o de hechos colectivos históricos con anterioridad al siglo XVI, una seña de «desidentidad» nacional. Esta carencia, decía el manchego Francisco García Pavón, se manifiesta en la falta de Edad Media en La Mancha, lo que se traduce en una religiosidad más bien tibia y un carácter poco fanático. Lo nuestro viene siendo desde los orígenes un pasar silencioso y sin ánimo de molestar. Pero esto no nos impide que tengamos pasión por la tierra, pero sin narcisismo, que dejamos para los nacionalistas fatuos y pesados. 

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Libro de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. | Foto: Gayatri Malhotra.

Para mayor abundamiento, esta carencia de sentimientos patrióticos nos acerca, entiendo que afortunadamente, a una suerte de nacionalismo sin nacionalismo, un nacionalismo de bajísimo perfil y sin enjundia, tan irreal como nuestro paisano más ilustre. Sí, don Quijote. Al irreal personaje cervantino, y por extensión a todos los símbolos quijotescos, lo hemos convertido por arte de birlibirloque en oficialista seña de identidad. No deja de tener su gracia que un personaje de ficción, por cuya cuna los eruditos locales se pelean todavía, queriendo naturalizarlo de su pueblo, tal como ya contase con sorna y diversión Azorín en La ruta del Quijote de 1905, se haya convertido en nuestro mayor referente «nacional». Pero, a decir verdad, si nos atenemos a la letra y al espíritu del libro, el diálogo que mantiene el Quijote con los manchegos de su tiempo no se caracteriza ni por el entendimiento ni por la hermandad. El único que lo soporta, y todos sabemos por qué, es Sancho Panza. En fin, no nos conviene hacernos mala sangre nosotros mismos, pero tampoco tapar las vergüenzas como hacen los nacionalistas con pedigrí. Lo diré solo una vez: la forma en que aparecen en el Libro los manchegos de hace cuatro siglos no es muy edificante que se diga. Claro que otros han logrado maquillar su historia de piratas y crímenes sin muchos remilgos y con mucha ficción, y de la mala. No todos han tenido la suerte de disponer de un escritor de la talla del creador de nuestro «texto fundacional». Además, nosotros lo enseñamos en las escuelas, no para que los mancheguitos glorifiquen al héroe, sino para que se rían con sus delirios y extravíos, y con nuestros propios defectos y cazurrerías, que tan bien supo retratar Cervantes.

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