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La mentira Azorín

El clásico literario está siendo denostado por el siglo XXI, como todo el mundo sabe. Esto no aporta nada al conocimiento del que se enfrente a este texto, pero al calor de esta sentencia y de la efeméride de turno aprovecho para abusar de su confianza y definir lo que a menudo llamo “Mentira Azorín”. Se cumplen este año cinco décadas de la muerte del genio de Monóvar y, más allá de la escasa lectura que sufrirá, seremos testigos de cómo se vuelve a perpetrar esta falsedad que pone título a la columna.

¿Por qué “Mentira Azorín”? Lo titulo así porque sobre el ilustre alicantino se cuelga uno de los topicazos más habituales en el clásico de turno: Azorín es un muermo. Esta sentencia tan manida se repite en los labios de los lectores de hoy con casi cualquier clásico: el Quijote es un buen somnífero, no pasé de la segunda página del primer Episodio Nacional, Valle-Inclán es tan complicado que resulta aburrido, leo párrafos de Cela para que el niño se largue a la cama… Y así con todos. Sin embargo, sobre Azorín golpea esta teoría con más fuerza que con cualquier otro.

Ahora bien: ¿Por qué golpea con más fuerza sobre Azorín que sobre cualquier otro? Esto ya no es tan fácil. El motivo puede ser que el novelista no cuente con un título elevado a los altares de nuestras letras, una especia de Regenta o de Celestina. Uno de esos títulos que, a pesar de no ser leído por nadie, flote sobre la memoria de la gente. Puede ser que, al ser cuestionado por el asunto, el emisor de esta Mentira Azorín piense dos cosas: primero, no lo he leído; segundo, no conozco ninguno de sus títulos. Esta mezcla termina con el terrible enunciado: Azorín es un muermo.

Última pregunta: ¿Por qué con Azorín resulta especialmente sangrante esta falacia? Primero, porque Azorín renovó absolutamente el tono narrativo de la novela en España. Lo despojó de la retórica y la artificiosidad decimonónicas y se centró en lo que realmente importaba: el fondo. Este tono simple, que Ortega definió con el maravilloso concepto “Azorín, primores de lo vulgar”, es considerado como único camino posible en la novela contemporánea. Precisamente porque no da lugar a apariencias, porque despoja al argumento de cualquier falsedad. Todo ello con un orden y una claridad meridianos. Él lo definió mejor. “El secreto consiste en escribir las cosas unas después de otras, no unas dentro de otras”. Por todo esto, no sólo diría que Azorín no es aburrido sino que me atrevería a afirmar que es todo lo contrario.

En definitiva, que Azorín sea el autor del, en opinión del que firma este texto, mejor libro de cuentos escrito en España (“Castilla”, 1912), no servirá de nada. Que analizara los problemas de España desde distintos soportes con preclaro discurso, no servirá de nada. Que fuera uno de los pocos agitadores de la literatura de posguerra, no servirá de nada. Cincuenta años después de su muerte, seguirá siendo un escritor aburrido para el imaginario popular. La Mentira Azorín sigue más viva que nunca.

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