Jordi Amat

La marcha sobre el Capitolio

«Cuando la historia convoca a los ciudadanos a la calle y no a las urnas, el pluralismo tiembla»

Opinión

La marcha sobre el Capitolio
Foto: Spencer Platt| AFP
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

El 12 de diciembre, tras realizar diversos actos de protesta por Estados Unidos, la March for Trump llegó a Washington. Centenares de personas se manifestaron en la capital “to demand transparency and protect election integrity”. Los discursos y las canciones de esas horas de exaltación trumpista pueden rescatarse en la red. El día 16 una de las principales activistas de ese movimiento populista -Kylie Jane Kremer, fundadora del grupo Stop the Steal– anunciaba a sus seguidores que pronto podrían dar nuevas noticias excitantes. Y al cabo de tan sólo tres, efectivamente, llegaron. El día 19 la activista del Tea Party Amy Kremer -responsable de la asociación Women for America First, que lidera la organización de la marcha- notificaba que el autobús de esta campaña, que está customizado con una gran fotografía del Presidente, volvería a plantarse en Washington. Sería el 6 de enero y con un objetivo: “FightForTrump and our nation!”. No por un partido ni por una política ni por una idea. Por Trump y por la nación fundidas.

Desde el primer momento Trump apoyó la movilización continuada porque podía reforzar en la calle su agónica estrategia de supervivencia: evitar la ratificación de su derrota electoral. En uno de los mensajes frenéticos de aquella semana explicaba que disponía ya de un informe elaborado por Peter Navarro y que no había duda alguna: el fraude electoral estaba probado. Y en el mismo mensaje informaba de la celebración de un gran acto de protesta, performatizando la actitud que esperaba de los asistentes: “Be there, will be wild!”. Al publicitar la manifestación del día 6 rebotando ese tuit de Trump, Kremer se dirigía a Trump y fijaba el espíritu de la manifestación: “The calvary is coming, Mr. President!”. Dos días después Kremer seguía fijando ese marco mental a través del lenguaje belicoso: “We are #HappyWarriors fighting for @realDonaldTrump & election integrity!!”. Ese lenguaje contrastaba con el sentimentalismo con el que ella misma definía su causa: una mezcla de sentimentalismo, religiosidad, nacionalismo y, al fin, descarada polarización no ideológica sino afectiva. “We are a movement based on love. Love of our country, love of our President, & love of our freedoms & liberties granted by God & the US Constitution! You’re either with us or you’re against us”.

“JANUARY SIXTH, SEE YOU IN DC!”, procablama Trump el 30 de diciembre. Al 1 de enero el Presidente rebotaba el anuncio del calvario de Kremer con su marca personal: “A great honor!”. El mismo día el tercer hijo de Trump -Eric- convocaba también: “Patriots, let’s go!”. El 3 circulaba por las redes el anuncio publicitario de la marcha. “This could be the biggest event in Washington DC history”. De inmediato Trump lo retuiteó. “I will be there. Historic day!”. A las dos horas de estar colgado en la red, había tenido ya dos millones de visualizaciones. “Be a part of history”. Cuando la historia convoca a los ciudadanos a la calle y no a las urnas, el pluralismo tiembla. “We can’t wait to have you join us!!”, le respondía Kremer. El día 5 colgaba una fotografía del epicentro de la manifestación: un escenario en The Ellipse a través del cual podía verse la Casa Blanca. El acto empezaba a las 11 de la mañana y de entrada se convocó a las 9, pero la movilización era tan considerable que podría accederse al recinto a las 7 de la mañana. Ese mismo día Trump escribía un tuit dirigiéndose a sus seguidores que iban llegando a la ciudad. “Washington is being inundated with people who don’t want to see an election victory stolen by emboldened Radical Left Democrats. Our Country has had enough, they won’t take it anymore! We hear you (and love you) from the Oval Office. MAKE AMERICA GREAT AGAIN!”.

A las nueve y media de la mañana la multitud congregada en The Ellipse era más que considerable. Desde primera hora Trump escribía mensajes presionando a Mike Pence. A las 9,35 en las pantallas laterales del escenario se proyectó un vídeo donde se escuchaba a Trump repetir una de sus frases fetiche: “The best is yet to come”. Empezó el mitin. A las 9,40 intervino la primera oradora, afirmando que esa demostración de energía popular que se estaba afirmando había empezado hacía diez años: ¿quién de los que estaba allí no había formado parte del Tea Party? La respuesta de los congregados fue fervorosa y el tono de las diversas personas que intervinieron fue siempre parecido. Hablaban diez minutos, pausa y diez minutos más de discurso. La intención era confluyente: adular a la masa para que se siente parte de un movimiento que representa los valores de la nación y por los que debe lucharse. “Stand up and fight”. Hacía las 11,41 aparecieron en un lateral del parque los coches oficiales. Llegaba Trump. A las 11,57 el speaker dio anunció la aparición de Trump. A las 13,10, tras afirmar que eran 250.000 personas y que todas compartían su amor por el movimiento y el país, repitió esa frase fetiche. “The best is yet to come”. Fue justo entonces cuando habló de la Pennsylvania Avenue. Y les arengó tras adularlos para que presionasen a los senadores republicanos que dudaban. ¿Cómo? Marchando por esa avenida en dirección al Capitolio.

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