Josu de Miguel

La nueva normalidad parlamentaria

«Estamos ante un fenómeno inédito que amenaza con dejar en un juego de niños la huelga general revolucionaria teorizada por Sorel»

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La nueva normalidad parlamentaria
Foto: Kiko Huesca| EFE
Josu de Miguel

Josu de Miguel

Abogado de causas perdidas y profesor de universidad, donde enseña derecho público.

Mañana da comienzo la quinta moción de censura de nuestra historia democrática. Como saben, España decidió en su día transitar por las veredas del parlamentarismo racionalizado. Ello significaba que la investidura previa de un presidente a la designación por el jefe del Estado iba acompañada de unos mecanismos de responsabilidad extraordinaria muy difíciles de concretar. Nuestra moción de censura, como en el caso alemán, es constructiva: se censura a un gobierno y se presenta a un candidato que, en caso de salir adelante la votación final (mayoría absoluta), es nombrado presidente automáticamente. Entre 1978 y 2015 se produjeron dos mociones de este tipo, ambas fracasadas, pero con unas consecuencias políticas muy diferentes (comparen la de Felipe González con la de Hernández Mancha). Entre 2015 y la presentada hoy por Vox, se habrán producido tres, llegando a tener éxito la presentada por Pedro Sánchez y el PSOE en junio de 2018.

Este aumento de las mociones de censura expresa los cambios del parlamentarismo desde que abandonáramos el bipartidismo, fuente de todos los males del sistema político español. El multipartidismo ha servido, a falta de una cultura política sólida, para dar gasolina a la polarización tertuliana, producir inestabilidad institucional y colocar a las Cortes en una situación de parálisis legislativa. El parlamentarismo ya andaba mal, no nos engañemos, como consecuencia de la transformación de los debates ideológicos y de la traslación de competencias a la Unión Europea, que ha convertido a los parlamentos nacionales en unos órganos ratificantes cada vez más volcados en políticas constitucionales. Porque la pérdida de densidad de su producto normativo estrella, la ley, conduce inexorablemente a debates constituyentes, como ocurre en España.

Les he hecho unas estadísticas para que vean por dónde andamos. Entre los años 2010 y 2015 las Cortes Generales producían una media de 45 leyes al año: por el contrario, el Gobierno realizaba una media anual de 18 decretos – leyes. Desde 2016 al 2020, las Cortes han aprobado una media de 5 leyes por curso y los decretos – leyes aprobados por el ejecutivo han pasado a ser la principal fuente normativa del ordenamiento estatal (21 al año). Sabrán igualmente que hasta 2015 en España se aprobaban regularmente los presupuestos generales: pues bien, desde 2016 hemos aprobado un presupuesto, lo que conlleva el incumplimiento del art. 134.2 CE y de la mayor parte de las normas comunitarias que regulan el semestre europeo. Estas cifras muestran la decadencia del sistema parlamentario y su progresiva sustitución por lo que Schmitt llamaba «legislación motorizada», mutación constitucional que, como vengo apuntando, terminará por abrir el apetito presidencialista entre muchos españoles.

Naturalmente, todo este paisaje no ha hecho más que agravarse desde que vino la peste y se le declaró la guerra, pues como advirtió Susan Sontag, las metáforas bélicas en la lucha contra las pandemias suelen incorporar otros cambios más profundos. Desde marzo no solo se ha diluido más la potestad legislativa de las Cortes (¡31 decretos – leyes frente a 5 leyes durante 2020!), sino que ha ido apareciendo un lenguaje jurídico que parece estar esculpiendo un tiempo posdemocrático. La desescalada, la cogobernanza, el confinamiento o el cierre perimetral son parte de la neolengua que justifica la pérdida de garantías normativas de los derechos fundamentales, la desconcertación del Estado autonómico o la degradación del control ordinario al Gobierno en el parlamento. Hoy en el Congreso viviremos otra metamorfosis: Vox le hace una moción de censura al PP, compañero de bancada ideológica en la oposición, para tratar de consolidarse en las encuestas. El panorama es desolador, pero asombra que los partidos no sean capaces de comprender que, si el coronavirus no pasa pronto, el poder ganado en la demoscopia o en las instituciones será necesariamente efímero: estamos ante un fenómeno inédito que amenaza con dejar en un juego de niños la huelga general revolucionaria teorizada por Sorel.

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