Antonio García Maldonado

La realidad como consuelo

Todos sufrimos la tentación escapista en algún momento. En el espacio, creemos que todo irá mejor en un nuevo sitio lejano, quizá en el pueblo de la infancia en una casa encalada o en una cabaña artesanal como Walden, de Thoreau, o la torre de Montaigne.

Opinión

La realidad como consuelo
Foto: AMC España
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Todos sufrimos la tentación escapista en algún momento. En el espacio, creemos que todo irá mejor en un nuevo sitio lejano, quizá en el pueblo de la infancia en una casa encalada o en una cabaña artesanal como Walden, de Thoreau, o la torre de Montaigne. En el tiempo, los optimistas se evaden en el futuro, mientras los pesimistas y nostálgicos buscan refugio en un pasado idealizado. Esta bifurcación en dos vías de escape puede tener consecuencias no sólo personales sino políticas. Sobre estas tentaciones se construyeron los relatos de los que han nacido los peores monstruos de la historia: la reacción frente progreso y la fe deshumanizada en el mismo, del nacionalismo étnico hasta las purgas de Stalin.

Sin embargo, no hay nada más difícil que vivir el presente. Renunciar a la capacidad de proyectarnos es una dificultad antropológica, y también una virtud si sabe gestionarse. No habríamos llegado a ser lo que somos sin ella. El hiperpresentismo de las redes y la digitalización, lejos de ayudar en esta tarea, ha incentivado el impulso escapista. Ebrios de inmediatez, cansados de la velocidad, encontramos de nuevo consuelo en los «si yo hubiera estado», «si yo hubiera sido», o en los «si yo estuviera» o «si yo fuera». La realidad gris compite mal con la luminosidad de unos sueños y unas nostalgias que no tienen que rendir cuentas ante nadie.

Vivimos aún presos de un romanticismo del que creíamos, esta vez sí, haber escapado. Sabemos, también, que el siglo XX no pasó en balde, y que los impulsos idealistas son sospechosos y, en fin de cuentas, nuestros principales enemigos. Queda en el aire esa insatisfacción, un magma de resentimiento con el presente que encuentra en las redes sociales un descompresor ideal en forma de shitstorms y desahogos sonrojantes. El yo digital no se parece al yo analógico, porque el primero ocupa con demasiada asiduidad el papel de órgano excretor de nuestras frustraciones.

En cambio, hay algo extraordinariamente oxigenante en el mero hecho de salir a la calle tras leer los periódicos o ver los telediarios en días particularmente decepcionantes en lo noticioso, como ayer. Comprobar que, frente a la degradación retransmitida, y ante los augurios utópicos y distópicos del futuro inmediato de reaccionarios y entusiastas, el tendero sigue allí con sus quesos de cabra y sus vinos, que los coches se siguen parando en los pasos de cebra para dejar pasar, que la gente sigue dando las gracias con un leve gesto con la mano cuando así ocurre; que la luz de las farolas sigue encendiéndose al caer la tarde, que el amigo te abraza al verte, que el padre y la madre te llaman para saber cómo estás. Que las fotos que recibes de los hijos te los muestran felices jugando, ajenos al ruido, que el agua llega a los grifos, que sigue habiendo gasolina en las gasolineras y cerveza en las neveras.

En esa autoconciencia del azar y el presente incide un diálogo de la extraordinaria serie ‘The Terror’, que recrea la historia real de la fallida expedición británica al Ártico a mediados del siglo XIX. Uno de los oficiales habla de los avances que incorporan sus navíos, a lo que otro, más cauto, le dice:

–En este sitio, la tecnología todavía hinca la rodilla ante la suerte.

Nada más apropiado que salir a la calle para percatarnos de ello y, lejos de sentir rencor, estar agradecidos.

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