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La respuesta de Carmen Laforet

¿En qué secreto quedó atrapada Laforet, incapaz de reactivar su carrera de escritora durante décadas?

Foto: Marina Romera | Wikimedia Commons

El martes en la +Bernat Anna Caballé –ganadora del último Premio Nacional de Ensayo– desveló cómo empieza a pensar sus biografías: formulando a su personaje una pregunta clave pero sin respuesta aparente, identificando una cuestión esencial sobre su individualidad que no quiso responder en vida sino que más bien optó por ocultar. ¿Por qué Francisco Umbral fabuló sobre la figura del padre para así esconder su identidad real? ¿Por qué Concepción Arenal borró las huellas para dificultar tantísimo la reconstrucción de su trayectoria? ¿Por qué Caterina Albert, protagonista del último libro que ha escrito, usó siempre la máscara de Víctor Català para dejar que desplegara su oscura verdad sólo en el territorio sin ley moral que es la ficción? Imaginando la respuesta a esas preguntas sepultadas se asedia el desgarro sentimental donde fecunda la creación artística. Caballé lo contó en la presentación de la redición de su biografía de Carmen Laforet cuya primera versión firmó en 2010 con Israel Rolón.

Esta fue la pregunta de Carmen Laforet: ¿por qué, después de Nada, la novelista fue cosiendo progresivamente una telaraña sobre sí misma para resguardarse de la vida pública y al fin dejó de escribir porque había quedado atrapada en ella misma con sus secretos? Charlando con Caballé, Sergio Vila-Sanjuán y el subjetivo que aquí firma, por unos instantes vimos romperse esa telaraña y pareció que el sentido secreto de aquel silencio largo y angustiado podía escucharse. En 1944, con esa novela iluminada con el aura de la ingenuidad, la joven Laforet mostró el amargo despertar de la sensibilidad juvenil en un sociedad cautiva de la depresión colectiva. Pero su sensibilidad, asediada por un éxito que ni sabía ni quería gestionar, entonces quedó pendiente de poder desplegarse. De entrada quiso que madurase a través de una vida familiar digamos que convencional, en el sentido más noble de la palabra convencional. Esa apuesta, donde querría haber sanado el trauma que cargaba desde la casa del padre y donde de veras se jugó el porvenir, pronto sintió que la perdía.

Ahora sabemos que al poco tuvo una nueva oportunidad, la última, una auténtica alternativa, para ganar su destino. En la primera edición de la biografía lo apuntaban ya las cartas que se cruzó con Elena Fortún, inéditas por entonces y ahora publicadas. Hablando de una amiga común, que a diferencia de ellas sí apostó por vivir su homosexualidad pasando de su circunstancia, Fortún escribe que “el dejarse ir, lo que Fernanda llama vivir mi vida, le lleva a la autodestrucción”. Estamos en 1950. Al parecer de Fortún, por el contrario, Laforet acertaba al castrar su deseo porque así avanzaba “a un estado de pureza que es el camino hacia Dios”. No se engañaba Laforet, en una carta escrita meses después, al asumir el coste biográfico que el cumplimiento de su deseo podía tener. “El dejarse ir, el coger la vida como viene, lleva a la destrucción”. En esa disyuntiva estaba cuando conoció a Lili Álvarez, una mujer que exige otra biografía. Quizás por única vez en su vida ella es feliz. No huye. Se construye.

Al poco de publicarse la primera edición de la biografía, sus autores recibieron las cartas que durante la década de los cincuenta Laforet mandó a Álvarez –una pionera del deporte de competición en España, que llegó a jugar la final de Wimbledon-. En esas cartas, explícita, estaba la respuesta a aquella pregunta seminal formulada por la biógrafa Caballé. ¿En qué secreto quedó atrapada Laforet, incapaz de reactivar su carrera de escritora durante décadas? En el prólogo de la nueva edición, la que presentamos el martes, todo queda más claro. La historia de amor con Álvarez, confundida con la conversión religiosa que llevó a Laforet a escribir La mujer nueva –novela dedicada a su amiga–, parece el momento clave de la biografía de la escritora. En algún instante, como aquel de la película Match Point en el que la pelota puede caer en uno u otro campo, podría haber vivido de veras su verdad íntima para dominar su destino, pero no pudo. Y el recuerdo de ese amor fue una luz en una memoria que se iría oscureciendo hasta que se fundió en negro. Esa tristeza, soterrada, fue su verdad. La que sigue comunicando, hoy, el despertar de Andrea.

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