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Las afinidades electivas

"PSOE y Ciudadanos insisten en repelerse en público en afán de disimular las fuerzas que los imantan"

Foto: Francisco Seco | AP

Quizá lo que motiva a Ciudadanos a vetar cualquier pacto con el PSOE, y a este a satanizar públicamente a los de Rivera, no son sus discrepancias, sino sus afinidades. Como amantes despechados, PSOE y Ciudadanos insisten en repelerse en público en afán de disimular las fuerzas que inevitablemente los imantan. En las continuas muestras de recíproco rechazo se percibe una tensión irresuelta que merece la pena atender. Ha llovido mucho desde el Pacto del abrazo, y la brecha entre ambos líderes se ha cronificado: Sánchez reprocha a Rivera su derechización, mientras que Rivera acusa a Sánchez de echarse en brazos del nacionalismo.

Es cierto que en febrero de 2017 Ciudadanos modificó estatutariamente su ideario para eliminar las alusiones a la socialdemocracia. Este giro macroniano generó cierta sorpresa, pues un partido puede cambiar de estrategia, pero no suele cambiar de principios. Sin embargo, la verdadera metamorfosis de Ciudadanos sucedió tras el éxito de la moción de censura. Cuando la Gürtel hundía a Rajoy, y Albert Rivera se veía Presidente, Iván Redondo lo noqueó de un gancho inesperado que colocó a Pedro Sánchez en la Moncloa. Ese fue el momento en que Ciudadanos dejó de ser bandera del anti-nacionalismo para convertirse en ariete del sanchismo. Rivera prometió entonces no contribuir jamás a la investidura de Sánchez, y su obstinación ha hecho degenerar el discurso de su partido hasta límites insospechados, con «banda» incluida.

Pero siendo cierto que la negativa de Rivera a pactar con el PSOE no ha beneficiado en nada al interés general, los dirigentes del PSOE harían bien en revisar sus declaraciones antes de empezar a gimotear por el llamado «cordón sanitario». Porque si Ciudadanos ha sido explícito en el veto al PSOE, la realidad es que el PSOE no ha escatimado esfuerzos en vetar moralmente a Ciudadanos, en alejarlos de su lado en aquellos terrenos en los que las dos fuerzas coinciden, pero que el PSOE quiere patrimonializar: las políticas relativas a la moral y las costumbres. Tanto en el 8-M como el día del Orgullo, el PSOE maniobró para excluir a Ciudadanos de las celebraciones de unos colectivos cuyas libertades siempre han defendido ambos partidos. La intención no era otra que aplicarles esa pátina de reaccionarismo que los excluya del perímetro del bien. Su cordón sanitario a Ciudadanos se plasmó en esas dos palabras de Carmen Calvo: «No, bonita». El PSOE se aflige por el veto, a la vez que repite que a su derecha solo hay extrema derecha.

Las últimas semanas han puesto de manifiesto las diferencias troncales entre el PSOE y Podemos. Era imposible un gobierno de coalición entre dos partidos que no coinciden en asuntos de base como la soberanía nacional, la economía de mercado, la misión de la Unión Europea o la pertenencia de España a la OTAN. Cuestiones todas ellas en las que sí coinciden PSOE y Ciudadanos. Las afinidades políticas, por más que ambos líderes sobreactúen, existen. Como ejercicio, piensen si no habrían encajado en un Ejecutivo de Ciudadanos perfiles como el de Nadia Calviño, Josep Borrell, Grande-Marlaska, e incluso Pedro Duque.

Es evidente que existen las bases para llegar a un acuerdo de investidura. Pero si no lo logran, que al menos dejen de tratar a los ciudadanos como a sus militantes, es decir, como a niños. Que no escondan su atracción detrás de la cortinas y que no se demonicen en público porque todos sabemos que las afinidades están más allá de los discursos.

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