Cristina Casabón

¡Las gafas!

«Las identidades e ideologías ayudan a ordenar las ideas, simplificando el mundo, pero al abusar de ellas han ido adquiriendo un carácter casi místico»

Opinión

¡Las gafas!
Foto: Jorge Fernández Salas| Unsplash
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Columnista en The Objective, Vozpópuli y El Español

La contribución de los intelectuales y de la Academia, que hoy podría corregir la intoxicación de la vida política, se ve bastante limitada por la dinámica del debate público. Palabras como populismo o iliberalismo han pasado de ser términos académicos que significaban cosas a ser una etiqueta resobada que se pega en el abrigo del enemigo político. El tuerto sigue al ciego, y muchos subestimamos el potencial de las etiquetas y narrativas que se extienden, como religiones seculares, e invaden la imaginación cívica.

Las identidades e ideologías ayudan a ordenar las ideas, simplificando el mundo, pero al abusar de ellas han ido adquiriendo un carácter casi místico. Estas identidades son como una vasta mitología que tiene la capacidad de cristalizar conceptos y asociaciones que no siempre responden a la realidad. Sergio del Molino intentaba hacer una autocrítica sobre la miopía del pijoprogre en su último libro, Contra la España vacía, donde reconoce que no han sabido anticiparse ni explicar ningún «desastre». «Los pijoprogres somos Bezukhov y sufrimos la misma miopí. Pero a continuación sigue tirando de etiquetas cuando dice aquello de «no oímos el estruendo de la ola populista y neofascista que crecía en las cuatro esquinas del continente». Con excepciones, este es el análisis que hacen las clases política, mediática y académica; hablan del Otro pero no son capaces de ir más allá de un fenómeno que han estigmatizado por completo. Esa «ola populista y neofascista» al final solo es la parte visible de un soft power de las clases populares que forzará al mundo de arriba a unirse al movimiento real de la sociedad o a desaparecer, como decía Christophe Guilluy en No Society.

A veces escuchando uno percibe que simplemente las diferencias entre el denominado populista y el académico pijoprogre no son tanto de pensamiento, como de grado (matices) o de apertura y comprensión de determinados temas. El problema suele ser que el académico no está abierto a las subjetividades y expresiones deshinibidas, y el lenguaje también modula y da apertura al pensamiento. Hay una élite academicista que camina sobre una fina capa de hielo porque tiene miedo de no gustar a los nuevos revolucionarios, busca ajustarse al discurso dominante y pierde los matices y detalles prosaicos del mundo real. Al mismo tiempo, se ha constatado que las personas no se mueven solo por ideología, se mueven por conflictos morales y de intereses, subjetividad, pasiones, lealtades, sentimientos de pertenencia y arraigo Esto no se puede estudiar con marcos de pensamiento rígidos, terminologías y categorías estáticas.

Vemos a menudo un tipo de academicismo que puede seguir negando la legitimidad de opciones democráticas de diferente signo político y al mismo tiempo bebe del frasco de la virtud democrática. Finkielkraut habla de este sujeto en su libro En primera persona: «para la mayoría de los sociólogos, un discurso no científico como el mío no merece ser tenido en cuenta y pujan por la reprobación moral mediante la mueca desdeñosa del investigador cualificado. En mí entablan disputa la incompetencia con la insensibilidad: no solo soy vil sino también una nulidad».

Muchos analistas adquieren actitudes, ideas y conceptos de manera predeterminada, sin que éstos sean necesariamente cuestionados o adquiridos de forma consciente. Algunos han ido abandonando la máxima Sapere aude. Nos alejamos cada vez más de Kant para adentrarnos en el adoctrinamiento moral y el dogmatismo de los críticos posmodernos y los politólogos, los bufones televisivos y los devotos de grandes marcos y conceptos excluyentes.

El pensamiento occidental está viciado. La dinámica del debate público consiste, cada vez más, en reemplazar los argumentos y la reflexión por políticas de instrucción moral, o por brochazos de opiniones fuertes y consolidadas en torno a todos los temas. Se tratan las nociones políticas, públicas, como estáticas. El académico debería ser más modesto. Confesar una parte de ignorancia, reconocer en parte la necesidad de consultar a los otros, de completar lo que sabe con lo que saben ellos. De momento, en nuestras democracias, la comprensión del Otro no ha tenido lugar. Los partidos y pensadores que se interesen por la reducción al ostracismo de los populistas, por los ciudadanos desenraizados del sistema político tradicional o el hundimiento de los modelos de integración son los que tendrán algo de futuro fuera de los muros de la Academia, es decir, en el mundo real. 

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