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Las matemáticas son las matemáticas

Foto: Fernando Vergara | AP

Dos por dos son cuatro, cinco por cinco veinticinco y diez por diez son cien. Las matemáticas son lo que son, incuestionables. Y 84 son 84, una tragedia cuando se necesitan 176 para sacar una ley adelante, siempre que esa ley no sea orgánica. Es la gran tragedia del presidente Sánchez,  que además se supone que sabe de números si es cierto que se ha doctorado en Económicas, lo que muchos todavía dudan por no se sabe bien qué historias de su tesis que andan en cuestión. A lo que íbamos: con 84 es difícil gobernar,  y más cuando se trata de hacerlo sumando independentistas catalanes, independentistas vascos, podemitas doctorados —ellos sí— en demagogia y en importarles un bledo las cuentas, y un PNV que no acaba de entender dónde se ha metido, porque por mucho que le sorprenda a algunos es un partido serio donde los haya y debe sentirse como pulpo en un garaje con esos compañeros de aventura.

Sánchez está encantado porque ha sido recibido a todo trapo en su gira latinoamericana —sucede siempre con un presidente español—  y porque el PP anda solo regular a pesar del chute de entusiasmo que les metió en vena un Pablo Casado que tendrá que espabilar si pretende ganar elecciones: su equipo es flojo se mire por donde se mire. Pero que Sánchez esté encantado de haberse conocido no significa que tiene garantizada La Moncloa por los siglos de los siglos: los independentistas catalanes tienen buen cuidado en no saltarse la ley, pero no pierden ocasión de organizar manifestaciones, montar follones y amenazar a diestro y siniestro; y aunque se ha llegado a los famosos cien días, el gobierno no es capaz de aprobar ni una sola ley importante porque con 84 escaños y unos socios infumables no se puede ir muy lejos, así que por mucho que tire Sánchez de rectificaciones, decretos ley, crear debates innecesarios con cuestiones menores y  sacar a pasear lo peor del franquismo para que no se hable de lo que el gobierno tendría que sacar a pasear, no cuela. Esto no pita. Y en septiembre hay un calendario preparado en Waterloo que es como para echarse a temblar. Saltar la ley no se la van a saltar, no vaya a ser que vuelva a aparecer en escena el 155, pero que Puigdemont va a cortar la sonrisa a Sánchez se puede dar por seguro. Y desde luego los constitucionalistas van a cargarse de argumentos para pedir que, de una vez por todas, el gobierno gobierne. Que es lo que se echa de menos.

Lo más destacado que ha ocurrido en los últimos tres meses es que no hay día en el que un ministro o ministra de Sánchez anuncie algo a bombo y platillo para que, en cuestión de horas, salga un compañero, incluido el propio presidente, diciendo lo contrario. Así las cosas, se comprende que a Sánchez, como le ocurrió a alguno de sus antecesores, lo único que le apetece es coger un avión y largarse unos días fuera de España, donde le hacen recibimientos apoteósicos y no le preguntan sobre Torra, el Valle de los Caídos, los impuestos, quiénes son los ricos, si piensa ir en Falcon a más conciertos, qué amigo queda por colocar en una empresa pública, etc., etc., etc.

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