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Las ruedas nacionalistas

"María Chivite sabe que solo presidirá Navarra solo si acepta las medidas nacionalizadoras que propone Geroa Bai y avala Bildu, pero está dispuesta a aceptarlas"

Foto: Villar Lopez | EFE

España es un país singular. Resulta sorprendente con qué naturalidad convivimos con los múltiples procesos de construcción subnacional en marcha. Hemos normalizado que en diversas partes del territorio común existan formaciones cuya prioridad es implementar políticas identitarias que fomenten el alejamiento del proyecto político que sus ciudadanos comparten con el resto de españoles. Es una anomalía peligrosa que, no obstante, se asume con una ingenuidad pasmosa.

Como sabemos, en el País Vasco y Cataluña el nacionalismo ha construido una férrea hegemonía que muchos confunden con la normalidad. El PNV y la antigua CiU no ocultaban sus intenciones, ni disimulaban sus métodos. A ninguna construcción nacional le basta con buenas intenciones; es imprescindible diseñar desde el poder una maquinaria social que fabrique los nuevos sujetos nacionales. Evidentemente, esto tiene consecuencias directas para las libertades de quienes no comulguen con el proyecto. El vasco y el catalán son los nacionalismos troncales, y desde ellos –o hacia ellos- brotan los demás. En Baleares y Valencia proliferan las políticas pancatalanistas, mientras que el nacionalismo vasco puja en Navarra por una euskaldunización que engrase la incorporación del territorio al País Vasco en un futuro cercano.

Por desgracia, el funcionamiento de la psicología humana favorece a los nacionalistas: tener una agenda tan específica y arraigada les otorga una gran ventaja respecto al resto de formaciones, que suelen tener prioridades y apegos emocionales más difusos. Este fenómeno sucede a todas las escalas: quienes canalizan toda su energía en llevar a cabo un único proyecto suelen salir triunfantes frente a quienes tienen menos claras sus prioridades, y más si no vinculan su proyecto político con su identidad personal. De esta manera, los partidos constitucionalistas observan complacientes la puesta en marcha de la ingeniería social nacionalista por los rincones de España y, por desgracia, en con la colaboración directa del PSOE en muchos casos. Y es que hay otro aspecto en que el nacionalismo se beneficia de la debilidad de la naturaleza humana: el daño a largo plazo nunca es suficiente para disuadirnos de aceptar el beneficio inmediato; el sillón, mejor ahora, y luego ya veremos. El caso de María Chivite en Navarra es paradigmático: la dirigente socialista es consciente de que su investidura solo es posible si acepta las medidas nacionalizadoras que propone Geroa Bai y avala Bildu, pero está dispuesta a aceptarlas. Huelga decir que esta permanente cesión ante a quienes solo buscan disgregar, legislando en clave identitaria, ha resultado letal para la convivencia.

Como la lucha contra el cambio climático, la batalla contra la ingeniería social nacionalista, sea en Navarra, Valencia o Cataluña, exige un esfuerzo colectivo y focalizado. Exige dejar a un lado la vanidad personal y las ansias de gloria. Y pienso ahora en Ciudadanos, partido que —como después UPyD— nació precisamente para obstaculizar la implementación de las políticas nacionalistas. Ciudadanos no nació como alternativa a la corrupción del PP, sino al filonacionalismo del PSOE, y su lema para encarar los posibles pactos electorales debería ser “haremos lo que sea peor para el nacionalismo”.

Entiendo que Cs no quiera limitarse a ser un palo en la rueda del nacionalismo, pero no que permita que la maquinaria identitaria siga en marcha con el único fin de estigmatizar al PSOE y erigirse como antagonista. Sucede pocas veces en política, pero en este momento las necesidades inmediatas coinciden con las prioridades a largo plazo. El momento de irrumpir en la sala de máquinas del nacionalismo es ahora.

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