Jorge San Miguel

Liturgias

«Un amigo que anduvo un tiempo intentando iniciarse me contó que en España hay dos logias, como para todo: la de derechas y la del PSOE. Si asomasen por España los anarquistas de Chesterton ya sabemos cómo iba a acabar la cosa»

Opinión

Liturgias
Foto: JuanJo Martín| EFE

Mircea Eliade, que supongo que ya no está de moda, refiere en El mito del eterno retorno la tesis de la ceremonia como recreación de un momento fundacional. Así la lucha entre el dios-héroe y el monstruo que representa el caos primigenio (Tiamat, Tifón); o el hierós gamos, el matrimonio sagrado anual entre el rey y la sacerdotisa -a estas alturas todavía no sabemos a ciencia cierta si el gamos era algo más que una metáfora, como pensaron los polvorientos y calenturientos asiriólogos y mitógrafos del S. XX; pero la primera modalidad de poema amoroso del que tenemos noticia, ejemplo del posterior Cantar de los cantares y muchos otros, tiene origen en la ceremonia. De manera más doméstica, los cristianos rememoran una cena.

Hablando de antigüedades orientales y liturgias, estos días se han hecho -¡hemos hecho!- algunos comentarios con mejor o peor fortuna sobre la escenografía del laico funeral u homenaje a las víctimas de la pandemia organizado por el gobierno. El fuego sobre la chistera invertida tenía un no sé qué mazdeísta, aunque otros han hablado de simbología masónica. Yo creo que nadie sabe bien qué es la masonería, acaso ni siquiera los masones, pero hay que seguir ciertas tradiciones. También se le puso el marbete de masón a Zapatero en su época, como si hicieran falta razones secretas para lo evidente y palmario. Un amigo que anduvo un tiempo intentando iniciarse me contó que en España hay dos logias, como para todo: la de derechas y la del PSOE. Si asomasen por España los anarquistas de Chesterton ya sabemos cómo iba a acabar la cosa.

Lo de la masonería parece broma, pero no lo es. En España hay siempre dos versiones de cada cosa, para la derecha y la izquierda, hasta el punto de que incluso hay dos versiones de España, cada una con su bandera y su historia. De ahí la imposibilidad de que de la ceremonia de la semana pasada saliera otra cosa que la cacofonía habitual -incluso aunque la intención hubiera sido otra, que ya lo dudo. Tampoco sabemos cuántos muertos ha habido, así que el homenaje era un poco vago, una especie de pebetero del enfermo desconocido. Sonó una música incongruente y se citó a Vetusta Morla, porque parece que el país no da para mucho más a estas alturas. Una ceremonia es una afirmación o no se sabe muy bien lo que es.

Pero cómo vamos a afirmar nada. Llevamos cuarenta años vaciando el Estado y la nación por arriba y por abajo, y ahora afirmar cosas parece de mal gusto. Lo tenemos externalizado. El Estado y la nación quedan para una estética y una ética de ONG; para los valores, los intereses y las liturgias de verdad ya están otros. Hace veinte años el vaciado parecía un negocio redondo: prosperidad desde arriba y apaciguamiento por abajo. A estas alturas ya no sabría decir, pero creo que la idea sale muy tocada de la década ominosa entre 2008 y 2018. Los últimos dos años ya parecen una especie de estrambote y poco más.

Antes de sentarme a escribir estas líneas leo que el desfile del 12 de octubre se suspende por motivos sanitarios, supongo que con buen criterio. Además, aquí el desfile de verdad, ese del que se puede echar a la mitad del país, ya se hizo; y harto lo hemos pagado. Por cierto que las liturgias eran originariamente unos servicios o beneficios que los ciudadanos pudientes pagaban de su bolsillo a la ciudad. Con el tiempo se hicieron muy onerosas y arruinaron a más de uno, así que se hizo habitual que los ricos intentasen escurrir el bulto, y las ciudades entraron en decadencia. Como los tiempos y las ciencias avanzan muchísimo, ahora han inventado unas liturgias que consisten en luces de colorines y jaculatorias a niños santos, que salen más baratas que pechar con los problemas de verdad del país o simplemente pagar sueldos y dividendos. No está asegurado que esto nos libre de la decadencia, pero al menos el Fustel del S. XXXI que tenga que escribir sobre ello se echará unas buenas risas.

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