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Lo mejor de la campaña

"La España que quiero: esa en la que todos podemos encontrarnos en torno a la experiencia común de las pequeñas cosas"

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

La campaña electoral que hoy termina ha sido, desde casi cualquier punto de vista, penosa. No son pocos los amigos que me han confesado que su sentido de la vergüenza ajena les impidió terminar de ver el debate de Atresmedia. Las interrupciones constantes, el tono entre bélico y despreciativo, la ausencia de los temas realmente importantes, los ataques personales… todo comprensible hasta cierto punto -el contexto electoral, bla bla bla-, pero no por ello menos descorazonador. Esta campaña quizás haya sido, sencillamente, la que nos merecíamos.

Pero como recordaba sabiamente san Pablo, más le vale al espíritu, para que no se agrie ni encoja, después de mirar todo, quedarse con lo bueno. De esta campaña, lo mejor, la perla del muladar, ha sido a mi modo de ver algo sucedido en los márgenes del fango. Cuando, después del debate del martes pasado, Rivera vagabundeaba desnortado por el plató y Sánchez se sumergía en el corrillo de los suyos, las cámaras captaron a Casado y su mujer, Isabel Torres, conversando con Iglesias. Tan extraordinario era ver a la derechona hablando con la izquierda leninista que hasta la presentadora se asombraba: “Nos sorprende, porque se atacan normalmente sin problema, pero después mantienen las formas”. La conversación, trascendió después, era algo más que cortesía y corrección política. El curioso intercambio, sinceramente jovial y en el que Iglesias sacó su móvil para mostrar algunas fotos a Isabel y Casado, no tenía que ver con estadísticas ni grandes programas electorales, sino con sus hijos. Como sabemos, ambas parejas han pasado por una experiencia similar: tener que afrontar partos prematuros sumergidos en la incertidumbre de la salud de sus hijos. Hace no mucho escuchamos a Casado hablar con Bertín de Iglesias y Montero: “He descubierto unos padrazos”, dijo, “lo están sacando adelante y se están volcando, he respetado la ausencia de Pablo para cuidar a los niños”.

A veces la humanidad se cuela inesperadamente entre los nubarrones de la medida, la estrategia y el cálculo. Después de dos semanas de confrontación y alejamiento, de crispación y, digámoslo, encabronamiento, se coló un hecho distinto y esperanzador. Hace unas semanas escribí –perdonen que me cite- sobre la necesidad de diseñar debates electorales más humanos, menos centrados en la confrontación y más en lo que nos une. La imagen de Isabel y los Pablos compartiendo su experiencia, conversando sobre sus pequeños es una imagen maravillosa de la España que quiero: esa en la que todos podemos encontrarnos en torno a la experiencia común de las pequeñas cosas, como el dolor compartido de unos padres que –profesen la ideología que profesen-desean el bien de sus hijos.

Algunos de los pocos que lean estas líneas pensarán: “Poca cosa es, poca cosa”. Yo, con Havel, les diría que “considero el viraje de la atención política hacia el individuo concreto como algo sustancialmente más profundo que la vuelta a los mecanismos habituales de la democracia occidental”. Y es que también yo lo confieso, “creo más en lo poco (…) que en una solución global abstracta y remota”.

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