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Civismo y debates electorales

Foto: EFE

Lo últimos días nos han regalado una nueva polémica política: la del debate entre los candidatos a las elecciones del próximo 28-A.

A la insistencia de Casado en tener un careo a dos con el presidente del Gobierno se han sumado las quejas de Vox al saber hace unos días que no tenían cabida en la propuesta de RTVE. A pesar de la aparente disponibilidad de Sánchez a incluir a Abascal en los debates, la cadena pública, en efecto, propuso dos debates, uno a cuatro con Sánchez, Casado, Rivera e Iglesias y otro a 6, con todos los partidos con grupo parlamentario propio. Ayer lunes, por su parte, Sánchez declinó la invitación de la Asociación de estudiantes Demos, vinculada a la Universidad Carlos III de Madrid.

Además de ser la enésima cuestión sobre la que mostrar la rivalidad entre partidos y ofrecer carnaza a los medios rapaces, la cuestión sobre la oportunidad o no de llevar a cabo un debate entre los candidatos a las próximas Elecciones Generales debería convertirse en una ocasión para reflexionar sobre la salud de nuestro sistema democrático. ¿Qué hay en juego en la organización de un debate electoral? ¿Tiene algún valor cívico?

Los ciudadanos necesitamos, desde luego, conocer las diferencias entre las opciones políticas por las que decidiremos decantarnos. Esa es una de las funciones principales de un debate electoral: dar la oportunidad de narrarse a los candidatos de manera que la elección de los votantes sea informada y contrastada. Sin embargo, en un contexto tan polarizado y extremamente mediatizado por las redes sociales como el español, el valor de un debate va mucho más allá.

La oportunidad de encuentro personal entre los candidatos -las únicas en toda la campaña-debería escenificar el respeto y ayudar a abemolar las voces de unos y otros. La forma en que se desarrolla la conversación pública es performativa y sedimenta, al suceder, en nuestro espíritu, haciéndonos más abiertos y dispuestos a lo diferente o más hoscos y violentos. Los diseñadores del debate deberían tener muy presente esa necesidad social y evitar dirigir el debate hacia la confrontación.

Es necesario que la “liturgia” del debate insista en los gestos humanos que unen, en lugar de ahondar en los que dividen. En ese sentido, sería importante que los oficiantes destinaran un espacio de tiempo largo a los saludos iniciales y a la conversación entre los candidatos. El tradicional “apretón de manos” puede parecer un gesto formal, una rutina, pero contribuye a mostrar algo que debería ser una convicción de todos los candidatos: que nuestros rivales políticos son sólo eso, rivales políticos. En 2005, tras un debate presidencial en Liberia, el candidato del Partido Liberal por la Igualdad de Derechos declaró: “Lo mejor de este debate es ver a los candidatos presidenciales de Liberia sentados aquí, hablando entre sí y tratando de convencer a los votantes en lugar de estar en la selva disparándose el uno al otro”. Aunque la España de 2019 no es la Liberia de 2005, por desgracia todo país tiene su selva -la nuestra es Twitter- y sus armas -el calibre de las nuestras es 240 caracteres.

El debate debería terminar con los candidatos charlando entre ellos, intercambiando posiciones e impresiones sobre lo ocurrido evitando la nefasta imagen final en la que los adláteres de los candidatos se abalanzan sobre ellos para retirarles el protector bucal, secarles el sudor y controlarles las pupilas. La imagen que proyecta es la de un enfrentamiento en el que unos ganan y otros pierden. Los debates y las elecciones, que son ciertamente eso, son mucho más: son la oportunidad de narrarse y discutir para comprender mejor al otro y refinar las propias posiciones.

Es responsabilidad de los candidatos y de quienes estructurarán el debate saber que cuando el instinto social empuja en una determinada dirección -y el viento de nuestra época es el de la confrontación- la libertad está llamada a equilibrar, a compensar. Sean los debates, de aquí a mayo, contrapesos del odio.

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