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Lo que sobrevive al fuego

La catedral de París es un símbolo, no solo de París, de Francia, del catolicismo, sino de Europa y de la civilización europea

Foto: Geoffroy Van der Hasselt | AFP

La primera vez que se ve Notre Dame en directo es como estar, de pronto, frente a un unicornio. Tienes que pellizcarte para creer que eso es real, que existe, que se hizo y que de verdad lo tienes delante de los ojos. No es solo que encierre parte de la literatura europea gracias a Nuestra señora de París, de Victor Hugo. Sus piedras y vigas de madera y el vidrio de su rosellón son el testimonio del ansia de trascender del ser humano, del anhelo y de lo maravilloso del arte. En sus formas puntiagudas se cifra la esencia humana, lo que nos diferencia de los animales.

La catedral de París es un símbolo, no solo de París, de Francia, del catolicismo, sino de Europa y de la civilización europea. Por eso las imágenes de las llamas ganando la catedral, la aguja cayendo, la vista de la nave desde un dron especialmente, son tan conmocionantes. Lo que está ardiendo y destruyéndose no es solo un edificio, es una parte de nosotros también. No las películas, libros o cuadros en los que aparece; también la espectacular celebración de las misas en esa catedral, tan medida como una obra de teatro. En mi caso, afrancesada como Goya, Buñuel y Fernando Trueba, se va también un trozo de mi memoria: la de mi Erasmus en París y los paseos que siempre tenían como centro la isla donde está la catedral. La luz del atardecer en los arbotantes vistos desde el parque de detrás, cruzar el Sena, entrar en la librería Shakespeare & Co, llevar a todas las visitas a la explanada de delante –las fotos con mi familia el puente de diciembre de 2004 con el rosellón detrás en las que el frío se palpa–, aparcar la bici y sentarme a leer o hacer fotos, esas eran algunas de las cosas que conservo del incendio. También una búsqueda interrumpida y nunca satisfecha: las del escritor Milan Kundera tras el chivatazo de que solía pasear por ahí cada sábado.

Hay una razón más poderosa aún que la memoria sentimental por la que ver la catedral a punto de derrumbarse resulta tan impactante: recuerda lo frágil que es todo, hasta la piedra. En lo poco que ha costado derrumbar el símbolo de una civilización leemos la amenaza de lo rápido que sería acabar con nuestra civilización y cultura. Como sucedió con Palmira, o en parte con las Torres Gemelas el 11-S, la conmoción es inevitable. Esta no es la primera vez que la catedral requiere una reconstrucción, pero nunca habíamos sido testigos. Y también en esa resistencia está contenida la esencia humana, nada tan nuestro como la fragilidad.

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