THE OBJECTIVE
Carlos Mayoral

Los magos del teatro

«La primera representación teatral conocida en castellano es, precisamente, el célebre Auto de los Reyes Magos»

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Los magos del teatro

Javier Etxezarreta | EFE

Hoy, en la noche más mágica del año, permita el lector que me detenga en otro de esos puntos mágicos que alumbran la vida: el teatro. Y es que no todo el mundo sabe que hay una relación directa entre los magos que en unas horas llegan desde oriente y el arte dramático. Pero sí, lo hay: la primera representación teatral conocida en castellano es, precisamente, el célebre Auto de los Reyes Magos.

Se trata de una composición medieval, muy extraña, pues se desarrolla en versos alejandrinos y heptasílabos, pero dispuestos a lo largo del renglón, como si fuese prosa. Está marcado claramente para delimitar las interpretaciones: los distintos reyes, a la sazón steleros, es decir, astrólogos latinos, debaten sobre la aparición de una estrella. La obra se interrumpe cuando se presentan ante el rey Herodes, y este promete salir de palacio para adorar al niño. Parece una representación litúrgica, aunque según los expertos estas representaciones gozaban del tal éxito que acababan saliendo de la iglesia para ser representadas en la plaza del pueblo, en la calle y en los caminos.

Los más interesante del texto es el análisis lingüístico. Nos hallamos en una época, a finales del siglo XII o principios del XIII, en que el aquel idioma protoespañol está macerándose, y encontramos una diptongación extraña por aquí, un latinajo transformado por allá. Paleográficamente no resulta menos interesante: la escritura está, como todo en esa época, transicionando, y en dicha transición se mezcla la escritura visigótica del XI con la carolina de fines del XII. Por último, están los elementos más allá del texto. El análisis del mismo hace pensar que la representación se llevaría a cabo en varios niveles, distintos escenarios conectados, algo muy factible si tenemos en cuenta que, probablemente, las representaciones primigenias del texto se llevarían a cabo, como ya se ha comentado, en templos e iglesias.

Menéndez Pidal, constructor de nuestro pasado filológico y, si me apuran, de nuestro pasado histórico, data este texto en los albores de la Edad Media. Esto da buena cuenta de la gran influencia teatral con la que se ha regado la tradición literaria de este país. Ya entonces se diseñaban obras de gran complejidad narrativa y poética, como es el caso del famoso Auto de los Reyes. Desde entonces hasta nuestros días, seguramente dos o tres dramaturgos entre los cinco mejores que haya ofrecido cualquier lengua, punta de lanza de las renovaciones barrocas y neoclásicas gracias a estrellas como Lope o Moratín, dramas que alcanzaron la cima del XIX, véase el caso de Zorrilla, y así hasta nuestros días pasando por Lorca o Valle. Sirva aquel viejo texto de los magos para reivindicar el papel del arte dramático en un año difícil, en el que la supervivencia del teatro funambulea sin que nadie haga nada por amortiguar la caída, quién sabe si la profundidad de la herida que termine llevándose en el lance sea insalvable. En cualquier caso, viva el teatro, y vivan todos los que hacen posible que la tradición aquí glosada continúe. Salve. 

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