Daniel Capó

Los neandertales

Recuerdo que, el día en que se produjo la matanza en el instituto de Columbine, yo asistía a una clase de antropología en la Universidad de South Orange, en Nueva Jersey. Ajeno al suceso, nuestro profesor –un joven guatemalteco especializado en las comunidades indígenas de la Costa de los Mosquitos– celebraba la vida. Acababa de ser padre por primera vez y nos habló de la fuerza del amor en la cadena evolutiva. “Los antropólogos sabemos –nos dijo– que el gran salto evolutivo de nuestra especie ha sido la capacidad de amar y compartir”. Y a continuación disertó sobre los neandertales y sus enterramientos rituales, definidos por sus collares de flores y las construcciones de piedra, como las que se acaban de descubrir ahora en Francia. “Las flores nos demuestran –prosiguió– que ya entonces eran capaces de amar y de elaborar algún tipo de fe religiosa”. De forma casi simultánea, mientras el profesor pronunciaba aquellas palabras, dos adolescentes entraban en la escuela secundaria de Columbine armados con varias escopetas, una carabina semiautomática y bombas de propano. Murieron asesinadas trece personas: doce alumnos y un profesor. Era el año 1999.

Opinión

Los neandertales
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Recuerdo que, el día en que se produjo la matanza en el instituto de Columbine, yo asistía a una clase de antropología en la Universidad de South Orange, en Nueva Jersey. Ajeno al suceso, nuestro profesor –un joven guatemalteco especializado en las comunidades indígenas de la Costa de los Mosquitos– celebraba la vida. Acababa de ser padre por primera vez y nos habló de la fuerza del amor en la cadena evolutiva. “Los antropólogos sabemos –nos dijo– que el gran salto evolutivo de nuestra especie ha sido la capacidad de amar y compartir”. Y a continuación disertó sobre los neandertales y sus enterramientos rituales, definidos por sus collares de flores y las construcciones de piedra, como las que se acaban de descubrir ahora en Francia. “Las flores nos demuestran –prosiguió– que ya entonces eran capaces de amar y de elaborar algún tipo de fe religiosa”. De forma casi simultánea, mientras el profesor pronunciaba aquellas palabras, dos adolescentes entraban en la escuela secundaria de Columbine armados con varias escopetas, una carabina semiautomática y bombas de propano. Murieron asesinadas trece personas: doce alumnos y un profesor. Era el año 1999.

Al llegar a casa, me enteré de lo que había ocurrido en Colorado. Era una mañana soleada, las ramas de un cerezo reverdecían en el jardín, nada resultaba espurio. Sin embargo, pensé que la crueldad y el amor se entretejen en la vida de una manera misteriosa. Jünger observó en una ocasión que ninguna época permanece ajena a la locura y, desde luego, nosotros no somos una excepción. Tendemos a mirar el pasado con el desdén y la superioridad del presente; pero en realidad lo que prima en el hombre es el “fuste torcido”, como tituló Isaiah Berlin uno de sus ensayos más conocidos. Creo que ese concepto, el fuste torcido, resume lo mejor y lo peor de la condición humana: el amor y el odio, la esperanza y la desesperación. Al fin y al cabo, el pasado –incluso el prehistórico– ilumina el presente, del mismo modo que el presente arroja su luz y sus sombras sobre el ayer y el mañana.

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