Juan Claudio de Ramón

Los placeres del libro

Frente al placer secundario de leerlos, están los verdaderos placeres que proporcionan los libros: el placer de comprarlos, el placer de hojearlos, el placer de encontrarlos...

Opinión

Los placeres del libro
Foto: Gonzalo Fuentes| Reuters
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Frente al placer secundario de leerlos, están los verdaderos placeres que proporcionan los libros: el placer de comprarlos, el placer de hojearlos, el placer de encontrarlos –máximo cuando se encuentra un libro que no se buscaba–, el placer de sostenerlos en las manos largo rato, ponderándolos como un melón sin abrir, el placer de comentar sus aciertos y errores, el placer de afirmar, dogmáticamente, que se trata del mejor o del peor libro del autor, el placer de recomendarlos (deber de toda persona de bien: el “tolle, lege” que oyó San Agustín), el placer de leer listas de libros recomendados, el placer de regalarlos (el libro preciso pera la persona precisa, aunque es creencia infundada que sirva para ligar), el placer de dedicarles una concienzuda reseña, el placer de declarar ilegible una obra maestra y el de calzar una mesa con un libro que todos consideran “necesario”, el placer de diseñar un ex libris, el placer –ruinoso– de coleccionarlos, el placer de acariciar un buen papel verjurado, el placer de pasar la mano por un tejuelo dorado o por las guardas de Antolín Palomino, príncipe de encuadernadores, el placer de pasar lentas las páginas de un gran folio, el placer de oler la piel gastada de una cubierta en tafilete, el placer de pasarse horas meditando el mejor método para ordenarlos en la biblioteca, o el placer malicioso de colocar juntos a dos autores que no se soportan (Marías junto a Umbral, por ejemplo). En cuanto a los subrayados y las acotaciones, diría que, más que placer, son manía, pero sin duda es placentero encontrar en un libro viejo los escolios y las glosas garabateadas por un lector perspicaz y más aún si es eminente. No es placer, en cambio, hablar de libros que no se han leído, sino arte; arte de malandrines, porque ninguna persona honrada alardea de erudición que no se posee (el placer, en este caso, es detectar al impostor). Sin embargo, sí es legítimo el placer de afirmar con jactancia que un libro no se ha leído, porque ni falta que hace (y si es una pifia, todos tenemos derecho a fallar en nuestro gusto) y también el placer de tirar un libro (por lo mucho que cuesta y lo mucho que libera), el placer de soñar con haber leído todos los libros (la carne nunca está triste, Mallarmé) y el placer de concebirlos magistralmente en la cabeza, si bien no el trabajo solitario y áspero de ejecutar uno en concreto, pero sí el de haberlo escrito, variante del efímero placer de cumplir con un propósito; el placer –dicen los editores– de editarlos y el placer de traducirlos, cuando el encargo no es tedioso. El placer de poseer un libro prohibido y pasarlo de mano en mano.

Dicen que las cifras de ventas de libros en papel se recuperan. Yo no me preocupo en exceso. Mientras haya hedonismo, habrá libros.

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