Teresa Viejo

Los pobres también lloran. Mucho

¡Puaf! Es para apearse del mundo y exiliarse junto a una palmera con los últimos ahorros que quedan. Lo contaban los abuelos, que además de casa en el pueblo, poseían la sabiduría del refranero: para el perro flaco todo son pulgas.

Opinión

Los pobres también lloran. Mucho
Teresa Viejo

Teresa Viejo

Periodista. Escritora. "Mientras llueva" mi última novela. Directora de "La Observadora" RNE. Embajadora de UNICEF.

¡Puaf! Es para apearse del mundo y exiliarse junto a una palmera con los últimos ahorros que quedan. Lo contaban los abuelos, que además de casa en el pueblo, poseían la sabiduría del refranero: para el perro flaco todo son pulgas.

Un cielo azul agitado por palmeras. Dinero. Un mar transparente. Más dinero. Una cabañita de madera llena de flores frescas y velas. La ruina para un bolsillo escuálido. Inimaginable aquí, donde simplemente salir de cañas o ir al cine representa una tarea titánica.

Me irritan esos estudios abordados seguro con todo el rigor sociológico y científico, pero tan desconectados del endeble día a día de millares de familias españolas que leídos en la lóbrega rutina y ante la perspectiva de un verano de sangría y ventilador como los de nuestros abuelos, suenan a frivolidad. Riesgos de la globalización que estandariza las noticias sin preguntarnos antes. Sin reseñar la diferencia. Sin empatía hacia los pobres, porque es lo que somos: un país encanijado que ha pasado de gastar sus vacaciones en el Caribe a marcharse al pueblo, en la residencia familiar y prorrateando la nevera con los cuñados.

Quien no se conforma es porque no quiere, apuntan los más sufridos. O toca estrecharse el cinturón, ordenan los políticos, como si hubiésemos andado sin él alguna vez. Y para colmo de males, todos para los pobres. El cardiaco, el renal o el ovárico. Aseguran los investigadores de la Universidad de Pittsburgh que aquellos que no se escapan por lo menos una vez al año sufren un 32% más de posibilidades de morir a causa de un infarto o un 21% por otra enfermedad. Desolador e indignante. No solo padece uno la ruina, vive atenazado por las deudas y deprimido por no poder moverse, sino que le puede reventar el corazón de tanto usarlo.

¡Puaf! Es para apearse del mundo y exiliarse junto a una palmera con los últimos ahorros que quedan. Lo contaban los abuelos, que además de casa en el pueblo, poseían la sabiduría del refranero: para el perro flaco todo son pulgas.

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