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Luchar contra la mentira (o la sonrisa de Madame Rieux)

"Hay momentos donde levantar la voz es un imperativo social y personal"

Foto: Moncloa | EFE

Hay momentos en los que la denuncia de la mentira vertida desde las instituciones no es solo el rasgo de un carácter combativo o la diversión de los que llevan la política en la sangre –entre los que no me cuento–. Hay momentos donde levantar la voz es un imperativo social y personal.

Que después de semanas de dolor sigamos sin tener certeza sobre la veracidad de los datos ofrecidos por el Ministerio de Sanidad es incomprensible. Que un general confiese estar trabajando –suponemos que bajo instrucción del Ministerio del Interior– en “minimizar el clima contrario a la gestión de crisis por parte del gobierno” es algo grave en extremo. Que el Gobierno decidiese ignorar las advertencias que la OMS, la Policía y numerosos expertos habían lanzado semanas antes de los primeros contagios en España es un escándalo público de primer orden. Y todo por comprarle a la charanga ideológica una semana de tiempo al precio que ya todos conocemos: demasiado alto en vidas, en soledad, en dolor.

Escribía Arendt en 1964 que los dos peligros a los que se enfrentan los políticos cuando encaran los hechos son, bien “considerarlos como el resultado de algún desarrollo necesario –es decir, como algo que los hombres no podrían haber evitado, como algo sobre lo que no pueden hacer nada”, bien “negarlos, tratar de manipularlos y borrarlos del mundo”. Por desgracia, nuestro gobierno parece empeñado en seguir transitando ambos peligros, según convenga al relato de su propia supervivencia. Un gobierno entregado al mercadeo de los hechos en el templo consagrado a su propia divinidad. Decirlo alto y claro no es deslealtad institucional. A no ser que la lealtad deba ser al partido y no a los hechos y a la propia conciencia.

Y sin embargo, la denuncia de la mentira no es necesariamente, en sí misma, el camino a la verdad. La mentira infecta con odio a quien se enfrenta a ella a pecho descubierto. Un odio que –votemos a quien votemos– termina por carcomernos interiormente, nos empuja al foso de los enfurecidos y enrarece todavía más el espacio social. Por eso, cualquier esfuerzo por revolverse contra lo que Havel llamaba “la acción alienante del sistema” no puede tomar como punto de apoyo la oposición a la mentira. La lucha contra la falsedad debe anclar sus raíces en el “servicio a la verdad y a una vida verdadera”.

Este es, desde luego, el momento de denunciar la mentira y de no dejarse arrinconar por quienes pretenden monopolizar la interpretación de lo que sucede. Pero si, como sugiere Karol Wojityla en un bellísimo poema, lo que somos nace de aquello a lo que miramos, este debe ser, también y sobre todo, el momento de fijarnos en lo que nos saca del odio y nos llena de gratitud.

Es a esa lucha por no caer en el odio a la que nos invita Camus cuando, hacia el final de La Peste, narra el encuentro fugaz entre Tarrou y el Doctor Rieux con la madre de este último. Con Orán completamente tomada por las ratas y no pocas mentiras gubernamentales empedrando el camino a las fosas comunes, Tarrou tenía razones suficientes para entregarse a una maldición sin fin. Sin embargo, al conocer a Madame Rieux y descubrir sus ojos marrón claro dijo que “una mirada en la que se leía tanta bondad siempre sería más fuerte que la peste”. ¿Qué era esa sonrisa en comparación con toda la muerte que veía a su alrededor? ¿Qué podía esa brizna de verdad contra todas las mentiras de las autoridades de Orán?

Entregarse a la contemplación y el agradecimiento por las relaciones y las experiencias donde se nos regalan la verdad, la bondad, la alegría y la belleza puede convertirse en la forma última y más refinada de luchar contra la mentira.

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