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¡Machista!

Si con las declaraciones que hizo hace unos días sobre Ada Colau Félix de Azúa quería debilitar políticamente a la alcaldesa de Barcelona, no parece que le haya salido muy bien. Si lo que pretendía era causar revuelo ha sido un éxito total. Con más de 44.000 firmas han pedido su dimisión de la Real Academia de la Lengua, parece que ha logrado aumentar la preocupación de los españoles por esa venerable institución creada a imitación de la Academia Francesa, sobre la que el “Diccionario de tópicos” de Flaubert aconseja: “Denigrarla, pero tratar de ingresar en ella si se puede”.

A mi juicio, las declaraciones de Azúa fueron desafortunadas. En ellas el escritor parecía confundir la maledicencia con el análisis y trasladaba cierta sensación de pereza intelectual.

Sin embargo, es un poco desconcertante la acusación de machismo. Eso impediría criticar la gestión de cualquier mujer, que siempre tendría esa bala de plata. Y, por otra parte, es asimétrico. En general, parece que se puede decir cualquier cosa de una mujer de derechas. En cambio, la crítica a una mujer de izquierdas tiende a clasificarse como machista. (En el caso de Azúa, era algo peor: como nos han explicado titulados universitarios, emplear la etiqueta de pescadera es una degradación intolerablemente clasista.)

Es un ejemplo de algo que sucede con relativa frecuencia: le ha pasado esta semana a Gay Talese, por decir que ninguna mujer le había influido como escritor. Hace unos meses la campaña contra el Premio Nobel en Biología, Tim Hunt, le obligó a dimitir de su puesto en el University College de Londres. En un mundo donde existe machismo de verdad, donde hay instituciones, personas, legislaciones y dinámicas que fomentan la opresión de la mujer, reciben más publicidad casos simbólicos, a menudo dirigidos contra gente que puede tener opiniones discutibles pero que no obstaculiza el avance de las mujeres.

La causa del feminismo es la causa del ser humano civilizado. Como otras luchas, debe centrarse en lo esencial para ser eficaz. Es conveniente dejar de lado lo secundario, defender las medidas cuyas eficacia se ha demostrado (como las cuotas) y no dejar que una causa fundamental se convierta en un arma arrojadiza o un escudo. El feminismo es algo demasiado serio como para permitirlo.

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