Miguel Aranguren

Madrid y los roedores

Toda ciudad tiene sus ratoneras, por más que uno pronuncie “París”, “Londres” o “Nueva York” y sus interlocutores pestañeen como Nenucos que han aspirado rapé. Las imágenes de postal nos empujan a identificar estas tres urbes con escenas cargadas de historia o de cinematografía (más peso tiene el cine que el conocimiento del pasado), de monumentalidad y ese lujo que promete el cosmopolitismo. No tenemos en cuenta que París es un cinturón de asfalto que contiene varios París diferentes, antagónicos, enfrentados. Cualquier gran ciudad es una muñeca rusa que se traga a sí misma en volúmenes cada vez más reducidos, hasta llegar a la mínima expresión de la Matrioska. Madrid también tiene sus tipismos de puzle, aunque sean tan Villa y Corte las cavas Alta y Baja como la barriada burguesa de la Nacional I en las que antes vivía la Pantoja; las Barranquillas de la droga como el Velázquez de bronce que defiende el museo del Prado.

Opinión

Madrid y los roedores
Miguel Aranguren

Miguel Aranguren

Escritor y cazatalentos literarios entre los jóvenes de España. Pintor, escultor y viñetista. Articulista de opinión. Mi web: www.miguelaranguren.com

Toda ciudad tiene sus ratoneras, por más que uno pronuncie “París”, “Londres” o “Nueva York” y sus interlocutores pestañeen como Nenucos que han aspirado rapé. Las imágenes de postal nos empujan a identificar estas tres urbes con escenas cargadas de historia o de cinematografía (más peso tiene el cine que el conocimiento del pasado), de monumentalidad y ese lujo que promete el cosmopolitismo. No tenemos en cuenta que París es un cinturón de asfalto que contiene varios París diferentes, antagónicos, enfrentados. Cualquier gran ciudad es una muñeca rusa que se traga a sí misma en volúmenes cada vez más reducidos, hasta llegar a la mínima expresión de la Matrioska.
Madrid también tiene sus tipismos de puzle, aunque sean tan Villa y Corte las cavas Alta y Baja como la barriada burguesa de la Nacional I en las que antes vivía la Pantoja; las Barranquillas de la droga como el Velázquez de bronce que defiende el museo del Prado.

Cada ciudadano tiene identificadas las ratoneras, esas cuadrículas del mapa urbano en las que prefiere no poner el pie. Los viajantes también, pero no los turistas, que consideran la sórdida Gran Vía como la expresión natural del corazón de este reino en el que todo el mundo se siente acogido sin necesidad de presentar credenciales.

Mis ratones corretean por distintos lugares de Madrid, casillas en el tablero del juego de la Oca que te dejan dos turnos sin jugar o que te conducen, sin remedio, a la calavera de la que no hay retorno. Ningún agujero me resulta tan siniestro como Chamartín, la estación pretendidamente moderna de la que parten los trenes hacia los destinos del Norte, con sus escaleras mecánicas que no funcionan, sus pasquines de toples y masajes marcados por las suelas indiferentes de los pasajeros, sus hoteles de medio pelo en los que se alojan los vendedores de cepillos, algunos colegios en visita cultural y lagartas y lagartos que hacen de una habitación doble todo un lupanar.

Azca no le va a la zaga: pasillos subterráneos que huelen a pis, madrigueras para los “sin techo”, atados de cartones, neones titilantes como los de la canción silenciosa de Simon & Garfunkel, cimientos de hormigón horadados en los años setenta y, tiempo ha, el beso envenenado de la heroína.
A la plaza de España llego con la última tirada del cubilete. Los ratones trepan el ladrillo para colarse por los huecos de ese edificio del que no se pueden contar las ventanas, un rascacielos con prestancia y tripas mudas frente al bullicio del tráfico, de los turistas que preguntan, de las luces de los teatros que se prenden al caer el sol. Me inquietaba que alguien quiera abrir sus puertas para devolverlo a la vida.

Contexto

    Más de este autor

    Disfrutar el privilegio

    Las vacaciones son el mejor invento de la sociedad tardo-burguesa, un hecho institucionalizado, reconocido y protegido por la Ley, que nos garantiza una serie de semanas de feliz asueto, además de los sábados y domingos, fiestas, puentes y “moscosos” –para los funcionarios a quienes les caiga esta breva-, que son un suma y sigue que, bien utilizados, garantizan una ristra de días libres que añadir al calendario de las fechas marcadas en rojo, color que para estos menesteres deja de ser el aviso de un peligro para convertirse en señuelo de disfrute.

    Opinión

    Nuestros albinos

    No es cuestión de cifras porque los hombres nos contamos de uno en uno: yo y mis circunstancias; tú y las tuyas; él y las suyas… sujetos de una historia, un presente y, ojalá, un futuro prometedor. No somos pollos que eclosionaron en una incubadora, sin madre ni padre, amarillos todos y más o menos el mismo gramaje. Somos hombres y precisamos pensarnos y nombrarnos con individualidad, seguros de que la vida nos estaba esperando, de que el mundo no giraría del mismo modo si no se nos hubiese ofrecido la oportunidad de tomar una primera bocanada de oxígeno.

    Opinión

    Más en El Subjetivo

    David Mejía

    Jaque al rey

    «El problema de la monarquía es que si el rey fuera Alberto Garzón I, no podríamos librarnos de él»

    Opinión

    Juan Marqués

    El gran tostón del yo

    Es la trivialidad lo que predomina en la «autoficción» o en la literatura de testimonio, y sin embargo es cada vez mayor la exaltación totalmente acrítica que de ese tipo de libros se hace en los medios

    Opinión

    Gabriel Insausti

    Todos somos China

    «Lo que viene de China no es sólo el coronavirus. Lo que viene es esa entente insólita de comunismo y capitalismo –con lo peor de cada casa- que se resuelve en el globalismo»

    Zibaldone

    Juan Claudio de Ramón

    Spainsplaining

    «What does not exist as an essence exists as a contingency. And thus has Spain existed for centuries, changing in content more than changing as a container»

    Opinión