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Más allá del muro

Ahora vamos a comprobar si nos ha servido de algo tanto Juego de tronos durante estas vacaciones. Se ha discutido mucho si la 7ª temporada ha resultado peor o mejor que las anteriores, si se han perpetrado incoherencias, como que los personajes se trasladen a una velocidad de vértigo, si apenas hubo sexo o si la violencia perdió mordiente. Yo entraría a saco, espada en ristre, a lo Jon Snow, en esos debates, defendiendo la épica clásica que ha acabado abriéndose paso a mandobles en la serie, pero la prueba de fuego (¡dracarys!) de la entidad de Juego de tronos la va a dar nuestra vuelta al trabajo y al otoño caliente (“Se acerca el otoño”) que nos espera.

El entretenimiento sirve para pasar el tiempo, o sea, el verano, y nos deja a las puertas del nuevo curso (más allá del muro) arrecidos y desconcertados. El arte se diferencia de la diversión en que nos da armas (¡de nuevo, la épica!) para enfrentarnos a los retos cotidianos. Salvando las siderales distancias, la Divina Comedia termina configurando el alma de sus lectores. El poeta Luis Felipe Vivanco hablaba de “la soledad de haber leído de verdad a Dante”. Andrea Levy dijo hace poco que lo había leído, cuando se montó ese follón porque también contaba a García Lorca entre sus lecturas, y eso pareció fatal a los activistas. A mí, más contemplativo, lo de Lorca me llama menos la atención, pero ¿se le nota a Levy su Dante?

Es una pregunta boomerang: ¿se me notará que he visto todos los episodios de Juego de tronos? No van a configurarnos el alma, uf, menos mal, pero sí tendrían que tonificarnos el ánimo. No podemos ahora llorar, quejarnos, derrumbarnos por lo que nos espera. Recuerden las sabias palabras de El Perro cuando le dice a Gendry que deje de lloriquear porque le vendiesen a una bruja de nada cuando Beric había sido asesinado seis veces, seis, y no iba por ahí quejándose. Un gran ejemplo, verdaderamente. Actuemos con coherencia. No podemos asistir muy excitados al caos político de los Siete Reinos y perder los nervios por el desorden del nuestro. No deberíamos admirar el valor de los que cruzan más allá del muro y no emular su temple al volver al trabajo. ¿Cómo apreciar el tiempo lentísimo que sirve para forjar los caracteres de los personajes y desesperarse por nuestros días largos? ¿Es posible emocionarse con historias de amor de una complejidad estrambótica sin vibrar con lo nuestro en casa, tan delicadamente minimalista y dulce, aunque sea por contraste?

Quizá a Alonso Quijano se le fue la mano con la dosis de ficción que llevó a su biografía, pero otros lectores compulsivos de aquellas novelas de caballería fantásticas hasta el absurdo, tan similares a nuestra serie, sí que dieron con la dosis adecuada: piensen en Hernán Cortés o en Santa Teresa de Jesús. Estamos de acuerdo en que Juego de tronos no es Shakespeare, desde luego, ni siquiera El señor de los anillos, pero no le quitemos la dignidad de ser un libro de autoayuda. Llega septiembre y la vamos a necesitar.

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