José María Albert de Paco

Monclovismo de crisis

"La estrategia comunicativa de Pedro Sánchez pasa por el escamoteo del duelo y la presentación del discrepante como un traidor a la patria"

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Monclovismo de crisis
Foto: Moncloa
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

– Caracterización de la pandemia como una suerte de plaga bíblica ante la que sólo cabe la prédica. El tono afligido, rayando en el sollozo, de las primeras intervenciones de Sánchez, esas peroratas en las que parecía arrogarse el infortunio que sufría la Nación (encarnándose él mismo en ella, como posteriormente verbalizaría sin rebozo ninguno al proclamarse su máximo representante) trataban de exprimir la política emocional sobre la que ha teorizado el coach Redondo. La adversidad nos ha golpeado, sí, y frente a ello imploro vuestra compasión. O, por mejor decir, ‘tu’ compasión. La empatía y la antipatía como extensiones morales de la izquierda y la derecha.

Utilización abusiva de los medios de comunicación públicos, en comparecencias revestidas de un boato y trascendencia que no se compadecen con el contenido de los mensajes, generalmente huecos. Esa ocupación trivial de los espacios televisivos ha involucrado también a altos cargos de instituciones policiales y militares. Véanse, a este respecto, las retahílas de infracciones superfluas, tipo ‘ayer le dimos el alto a un individuo que paseaba por la playa de San Juan’.

Disolución de la responsabilidad. La apostilla de que la pandemia no es un problema exclusivamente español, sino planetario, se ha ido adhiriendo al discurso de la mayoría de los ministros del Gabinete. El azote que nos ha infligido el destino es universal y (alehop) ningún país estaba preparado para ello. Obviamente (¡razonablemente!), tampoco España. Como-no-podía-ser-de-otra-manera.

– Omisión sistemática de los casos griego, portugués y del Véneto.

Escamoteo del duelo y exaltación del júbilo. En lugar de un minuto de silencio por los muertos, una salva de aplausos a los vivos (que en Lavapiés suelen ir acompañadas de gritos estridentes, entre el irrintzi batasuno y el alarido comanche). La España de los balcones como primavera de la sororidad. Una crisis versificada por Carlos del Amor.

La post pandemia como reset moral que sitúe “la vida”, “lo común”, en el centro del debate político. Según es costumbre en España, la invitación a cambiar ‘nuestra’ escala de valores es unidireccional: quien está obligado a hacerlo son los demás. Una oportunidad, en suma, para que la derecha deponga su actitud.

Invocaciones al ‘verdadero’ patriotismo, a menudo reforzadas por el uso de lenguaje belicista (el enemigo, la guerra) del que se infiere, cuasi naturalmente, el imperativo del ‘prietas las filas’, que permite presentar al discrepante como un traidor. De esa fraseología son tributarios los continuos llamamientos a la unidad (“este virus lo paramos unidos”), cuyo colofón ha sido el intento de forjar unos ‘pactos de la Moncloa’ que, dada la composición del Gobierno, no tienen otro propósito que blindarse tras una inmunidad de Estado.

– Intento de proyectar la acción del Gobierno como un hito democrático, añadiendo ese mismo adjetivo, ‘democrático’, a los anuncios presidenciales de mayor empaque. ‘Se trata del mayor despliegue de la democracia española’, ‘estamos ante una medida sin precedentes en la historia democrática de nuestro país’… Una forma de adanismo que, en este caso, aspiraba a identificar la estrategia del Ejecutivo con una operación de salvaguarda de la libertad.

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