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Monigotes de madera

Un compañero de colegio llegó a ser, ya en su vida adulta, muy religioso. Cuando yo estaba pasando un año académico en Berkeley, pasó por Estados Unidos y se acercó a visitarme. Me sorprendió entonces la devoción con que se ejercitaba en sus prácticas religiosas, cuyos exigentes ritos llegaron a hacérseme insoportables. Pero, sobre todo, me llamó la atención el modo en que afirmó su cristianismo contra el mormonismo norteamericano: “¿Cómo es posible que la gente crea a un tipo que dice haber encontrado unas escrituras en una montaña?” No le dije nada, pero pensé que esa fe no es tan diferente de la que da por ciertos los hechos relatados en los Evangelios: ambas son declaraciones de trascendencia asociadas a revelaciones terrenales. La diferencia es que la primera ha sido exitosa y la segunda no tanto. Naturalmente, hay un Jesús histórico cuyo impacto social no puede compararse con el de Joseph Smith; pero en ninguno de los dos casos concurre prueba de divinidad. Mi ex-compañero incurría en una falacia clásica, consistente en criticar en los demás la propia conducta. En este caso, la conducta criticada consiste en afirmar la fe propia como verdadera y la fe ajena como falsa, sin que esa aseveración pueda apoyarse en nada diferente a la propia convicción. Tales son las trampas de la fe.

Dicho esto, también hemos escuchado estos días a quienes, desesperados por la ocupación pascual de las ciudades meridionales, consideran absurdo procesionar “monigotes de madera”. Es una pena que ese desdén, ingenioso pero barato, les impida apreciar el fenómeno histórico y estético de la Semana Santa. O, incluso, ponderar su utilidad como aliado ideológico en la lucha contra la homogeneización cultural causada por el capitalismo tardío. En fin, si mi compañero de colegio creía sin ver, es asimismo posible ver sin creer: asomarse a las creencias y ritos ajenos con la curiosidad del antropólogo. Si es posible, claro, con un billete de avión en el bolsillo: también el dios del turismo exige sus sacrificios. Todos creemos en algún monigote de madera.

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