Laura Fàbregas

Mujeres menores de edad

odos podemos sentir miedo. Todos podemos ser víctimas. Pero solo hay un culpable: el que se salta una ley que, a diferencia de la de muchos otros lugares del mundo, ya penaliza la violación, las agresiones o los hurtos.

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Mujeres menores de edad
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Laura Fàbregas

Laura Fàbregas

Vivo entre Madrid y Barcelona. En tierra de nadie. Me interesan las causas incómodas. Pero lo importante no es lo que se dice sino lo que se hace.

Una nueva iniciativa en Terrassa quiere ayudar a las mujeres a sentirse más seguras. Para ello, se permite solo a las chicas bajar del bus nocturno en el punto del trayecto más cercano a su destino y sin necesidad de esperar a la siguiente parada.

Bajo el nombre de un supuesto feminismo se tolera una medida que lo único que comporta es la infantilización de la mujer. Volver a ser tratadas como seres débiles o menores de edad que, a diferencia de los hombres, no asumen los costes de su libertad.

Nuestras madres y abuelas lucharon para liberarse de esta sobreprotección que antes ejercían los padres y maridos y que, paradójicamente, ahora muchas exigen al Estado. Como tantas otras medidas, esta nueva tutela solo responde a la necesidad ancestral de encontrar seguridad.

Hay una hipocresía feminista que niega que una mujer tenga que vigilar, porque esperan que el mundo responda a ese lugar ideal que les muestra el binóculo de su ideología. Pero no. La protección de la ley no podrá llegar jamás a cada esquina ni paso subterráneo. Y sí. Hay hombres malos que aprovechan la soledad y anonimato que otorga la noche para imponerse por la fuerza. Ya sea a una mujer, para violarla. A otro hombre, para robarle o pegarle. O a un peatón, para arrollarle imprudentemente con un coche kamikaze.

Todos podemos sentir miedo. Todos podemos ser víctimas. Pero solo hay un culpable: el que se salta una ley que, a diferencia de la de muchos otros lugares del mundo, ya penaliza la violación, las agresiones o los hurtos.

Una vez lograda esta igualdad formal, que es la única real, solo queda asumir el riesgo de vivir. Con el azar y los infortunios que implica la libertad. Como personas mayores de edad.

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