Jordi Amat

Ni tú a tu Elvis ni yo a mi Springsteen

Ahora que la explosión permitirá el desbloqueo, caro Bernal, ahora que nuestra socialdemocracia apenas es nada más que un recuerdo disolviéndose donde habite el olvido, tal vez haya llegado el momento de arreglar lo nuestro. Porque al fin, si hubiésemos seguido enrocado en un “no es no” cansino, nuestra discordia podría acabar pareciéndose a una latosa charla de cascarrabias y en el geriátrico, ya ves, estaremos de acuerdo que mejor será dedicarse a comentar, como hacíamos con los poemas en hispánicas, batas de enfermeras (cuenta botones, imagina elipsis, piensa en la vejez sin jubilación). Bernal, tío, de todo ya hace demasiado. Ni leen en filología, a Pla lo manosea cualquiera, lo del bienestar es pasado y el rocanrol sólo es un país para viejos. Viejos como tú y como yo. Aceptémoslo. No podemos volver a cantar otra jodida vieja canción. Ni tú a tu Elvis ni yo a mi Springsteen. Ni cuero, joder, ni desgastados jeans.

Opinión

Ni tú a tu Elvis ni yo a mi Springsteen
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

Ahora que la explosión permitirá el desbloqueo, caro Bernal, ahora que nuestra socialdemocracia apenas es nada más que un recuerdo disolviéndose donde habite el olvido, tal vez haya llegado el momento de arreglar lo nuestro. Porque al fin, si hubiésemos seguido enrocado en un “no es no” cansino, nuestra discordia podría acabar pareciéndose a una latosa charla de cascarrabias y en el geriátrico, ya ves, estaremos de acuerdo que mejor será dedicarse a comentar, como hacíamos con los poemas en hispánicas, batas de enfermeras (cuenta botones, imagina elipsis, piensa en la vejez sin jubilación). Bernal, tío, de todo ya hace demasiado. Ni leen en filología, a Pla lo manosea cualquiera, lo del bienestar es pasado y el rocanrol sólo es un país para viejos. Viejos como tú y como yo. Aceptémoslo. No podemos volver a cantar otra jodida vieja canción. Ni tú a tu Elvis ni yo a mi Springsteen. Ni cuero, joder, ni desgastados jeans.

Así en teoría, ¡qué poco teníamos que ver, tocayo, uno y otro! Pero el otro día te leía hablando de cómics, del fervor infantil, y nos veía a los dos, a ti en la Badalona que podría haber cantado Sabino y a mí en la pija Bonanova, perdidos en la habitación mientras los ojos saltaban de una viñeta a la siguiente. ¿Una forma de escapismo? Tal vez vengamos de ese lugar.

Luego, como la cuadratura del círculo donde se oculta la respuesta, pensaba en esa escena que el Jefe recrea en las memorias Born to run. Léelo, Bernal. Habla del Rey. Frente al televisor, en un 1956 sin color, Ed Sullivan lo presentó. Confiesa que al niño de Jersey entonces todo le parecía un vacío negro y autoritario y que con él, sí, vale, con Presley, sintió la revolución liberadora que fundó la moral de su vida. De repente un tío surgido de las profundidades de lo reprimido, sexualmente depravado, incendiaba la conciencia pacata de un país autocomplaciente. Aquella voz le dio una razón, el rock clavaba la estacada a tanto miedo y a tanta pena. Y supo que quería vincularse al cambio cultural radical –vida pura- para poder comunicarse con los niños perdidos como él.

Ya ves, Bernal, después de todo, los dos quisimos que ese mundo fuese nuestra patria. Ya ves, viejo amigo, nostálgico apátrida, el coche de Thunder Road está a punto de arrancar y sabemos que nos tocará huir.

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