Lea Vélez

¡No hay ciudadanos!

«La ciudadanía parte de una educación en el hogar y en el colegio que muchos de los que se autodenominan servidores públicos no han visto ni en pintura»

Opinión

¡No hay ciudadanos!
Foto: Quique García| EFE
Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

Es que no hay discusión. Es que no hay argumentos ni hay que entrar en ellos. Nos faltan multazos y golpes de mano, como inhabilitar por un año a cualquier político que se salte el protocolo para él o sus familiares. Ni políticos, ni reyes, ni marqueses, ni nadie fuera de los grupos de riesgo debe, tiene, puede, se merece o es quién para verbalizar argumentos y saltarse la cola en la vacuna.

Siempre me ha fascinado la capacidad del ser humano por encontrar argumentos que le favorecen para conseguir un objetivo. Somos fabulosos puliendo los brillos de un cuento que nos creemos con pasión, incluso si a la larga (o a la corta) va a traernos algún beneficio económico, social o familiar. La vacuna contra la Covid no podía ser de otra manera y ha provocado que den un paso al frente de la ignominia todos aquellos, no ya insolidarios, sino todos los que no son ciudadanos. Esto se lo robo a mi abuelo. La historia me la cuenta mi madre, porque yo nunca lo llegué a conocer. Mi abuelo cultivaba trigo en Tierra de Campos y después de la cosecha, en tiempos de postguerra, siempre venían tres o cuatro miserables a comprárselo muy por encima del precio regulado por la ley. Que te doy tres veces más que el gobierno, que te doy cuatro. Mi abuelo daba un puñetazo en la mesa y les echaba de su casa. Luego se ponía a vociferar frente a su familia: ¡El problema de España es que no hay ciudadanos! ¡En Francia tuvieron su revolución, pero aquí es que no hay ciudadanos! Cuando mi madre le imita, las dos nos reímos, pero desgraciadamente es una frase que decimos muchos con cada noticia que sale de corrupción o de mal comportamiento de nuestros gobernantes. Mi abuelo explicaba su reacción: «Hay una ley, hay un racionamiento, hay un precio del gobierno para el trigo que va directamente a donde tiene que ir para que todo el mundo tenga pan y vienen estos a ofrecerme esto o aquello, ¡sinvergüenzas!, ¿no ven que así le quitan la posibilidad de comer pan a quién de verdad lo necesita?»

Y es verdad que no hay ciudadanos, parece, en gran parte de nuestras instituciones. La ciudadanía parte de una educación en el hogar y en el colegio que muchos de los que se autodenominan servidores públicos no han visto ni en pintura. Servidores para ellos mismos, más bien. Ayer hablo por teléfono con mi madre y me dice: «¡El problema de España es que no hay ciudadanos!» Me río indignada mientras ella me pone al día del último político español al que han pescado poniéndose la vacuna «de estraperlo». Mi madre tiene 84 años y está aún muy lejos de que le toque vacunarse. Millones de ancianos como ella esperan su dosis, mirando a la muerte a la cara, y se revuelven asqueados viendo a aquellos que pretenden beneficiarse de su privilegio. «¿Es que no ven que se la quitan a quien más la necesita?»

En España hay ciudadanos, pero claro, sin poder público y aquellos que gobiernan deberían dar un golpe sobre la mesa como mi abuelo y poner una multa descomunal a estos sinvergüenzas que siempre han existido y que le roban su puesto en el bote salvavidas del Titanic a las bellas ancianas y a los seres vulnerables.

Miren, como siempre me viene a la mente el capitán del Concordia, un barco que llevaba la maldición en el nombre. Este tipo encalló su barco por incompetente y antes de que los pasajeros fueran rescatados, escapó el primero con algunos miembros de la tripulación. Pagó por ello, pero eso no remedia las vidas perdidas, los muertos que su irresponsabilidad y su cobardía produjeron. Todos sabemos que no hay argumentos para que un capitán abandone su barco mientras se hunde. Si la pandemia no es un barco que necesita a todos los capitanes de cada ayuntamiento, oficina gubernamental, y les solicita a voces que sean ciudadanos, los primeros ciudadanos, los que dan ejemplo y fuerza a los demás, que venga Dios y lo vea.

Cuando mis hijos eran pequeños, no entendían por qué no podía saltarme un semáforo en rojo si no había un solo coche en un kilómetro a la redonda. «Pero mamá, si no viene nadie». «Mira, hijo, es que no hay argumento. Estoy enseñándote a respetar siempre, siempre, un semáforo en rojo, no porque me vayan a poner una multa, no porque vaya a tener un accidente sino porque para evitar siempre el accidente, la muerte de alguien, la desgracia, el caos, tenemos una norma que es sagrada respetar. Los semáforos en rojo no se los salta uno ni aunque no haya coches ni policías. Uno no se los salta porque si te lo saltas un día, te lo saltas dos, le pierdes el respeto a la norma, la interpretas con subjetividad aplicando tus propios argumentos: ‘Es que hoy tengo prisa, total, no vienen coches’, ‘es que hoy tengo que llegar a tiempo a ayudar a mi abuelita’, ‘es que soy un señor muy importante, tengo que entrar antes a trabajar’, y los argumentos propios son para todos los gustos, gustos encontrados que provocan el caos y disuelven el sentimiento ciudadano en puro provecho personal»

Ser ciudadano es un sacrificio. Siempre lo es. Sacrificamos la subjetividad y el interés propio por formar parte de una superestructura que nos sostiene y beneficia, pero la ciudadanía se rompe y se desgaja como un edificio con goteras si cada uno hace lo que le conviene en cada instante. Ser ciudadano es de valientes, siempre lo ha sido y es el momento de dejarse de cobardías, mirar por el bien común y aportar toda nuestra paciencia y ciudadanía.

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