Aloma Rodríguez

No me pidas excelencia

Mario Vargas Llosa dedicó recientemente un artículo a alertar del peligro de una nueva censura ligada al feminismo. El Nobel exageraba cuando decía que es “el más resuelto enemigo de la literatura”.

Opinión

No me pidas excelencia
Foto: Paul White
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

Mario Vargas Llosa dedicó recientemente un artículo a alertar del peligro de una nueva censura ligada al feminismo. El Nobel exageraba cuando decía que es “el más resuelto enemigo de la literatura”. El más resuelto enemigo de la literatura (y en general del arte) es la estulticia. El texto fue criticado y respondido en las redes sociales, convertidas en nueva ágora. A veces olvidamos que son una burbuja, no una representación a escala 1:1 del mundo real. El artículo del Nobel era una reacción a la publicación de un decálogo para una “escuela feminista”, que publicó CCOO. El objetivo del decálogo era proporcionar algunas ideas para conseguir que la escuela sea un lugar en el que se fomente más la igualdad tanto en el temario como en los patios y en el tratamiento de la sexualidad o el género. Casi nada. Seguramente, en eso, como demostró la manifestación del pasado 8 de marzo –que apoyaba también Vargas Llosa–, está de acuerdo un enorme porcentaje de la población: casi todos queremos más igualdad, y desde luego, una escuela pública de calidad tiene que ser igualitaria.

De las ideas ahí propuestas, una de las que más escamaron –se comentó también la de prohibir el fútbol en los patios de recreo, que es la idea de patios inclusivos llevada al extremo– fue la de sacar del temario a los autores considerados machistas. Escama por dos motivos: el primero porque es una suerte de censura, y la segunda porque se censura en base a una moralidad sobre la vida privada de los escritores. Por otro lado, juzgar el tratamiento de Rousseau, por ejemplo, hacia las mujeres desde el punto de vista de hoy no solo es injusto, sino que su recorrido es bastante limitado.

Es cierto que en los temarios hay pocas mujeres: pocas científicas, pocas escritoras, pocas pintoras. En parte porque había menos: históricamente las mujeres han tenido menos posibilidades de desarrollar sus capacidades fuera del hogar. Aun así, alguna aparece, porque la excelencia pasa también por un empeño capaz de barrer con todo: Marie Curie, Rita Levi-Montalcini, Rosalía de Castro, Teresa de Ahumada o Emily Dickinson. Pero el problema no está solo ahí: la excelencia es excepcional (también en los hombres, aunque ellos lo tuvieran más fácil: Juan Ramón Jiménez solo hay uno, como Lorca, Galdós o Pasteur). Por otro lado, es mucho más interesante explicar, siguiendo a Mary Beard, por qué la voz de las mujeres ha sido rechazada del discurso público: es misoginia, sí, pero ese diagnóstico es simple y perezoso, y desde luego no explica todo el problema. Beard explica que las mujeres lo tienen más difícil porque se les perdonan menos los fracasos. Necesitamos referentes para que la presencia de mujeres deje de ser excepcional.

Desde que las mujeres han tenido acceso a educación y libertad de elección se ha visto que tienen cosas que decir. Lo que dicen, además, es una herramienta de análisis y comprensión del mundo como la de sus compañeros: igual de emocionante, aburrida, divertida, enriquecedora, simple, compleja, intimista, impresionista, exagerada o universal.

Más de este autor

Diez años después

«Lo que prometía que sería la nueva política era como la vieja política pero con Twitter y buenos publicistas»

Opinión

Tiempo de mimosas

«Siempre que veo mimosas tengo el impulso de comprar un paquete. Me gusta el olor, me gusta el color»

Opinión

Más en El Subjetivo

Miguel Ángel Quintana Paz

El moderadito

«Al moderadito le encanta decir cosas que en realidad no significan nada: así aspira a gustar a todos los bandos en disputa, aunque ofenda al respeto por la verdad»

Opinión

Beatriz Manjón

¿Por qué?

«Explicar la crisis sanitaria solo con números es como tratar de argumentar las infidelidades contando muescas en la cama»

Opinión