Gonzalo Gragera

No se puede consentir

«Los escraches de aquellos años fueron maniobras de acoso que excedían límites democráticos, donde las responsabilidades políticas se piden en los parlamentos -se concretan en las urnas- y los fraudes y delitos se enjuician en los tribunales».

Opinión

No se puede consentir
Foto: Andres Kudacki| AP Photo
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

Es un hecho que Podemos propició los primeros escraches. Fue en aquellos años de, cuando menos, controvertidos lemas: la democracia está en las calles, la legitimidad política es de los movimientos populares… e ideas por el estilo. Se aceptaba, con buena acogida de crítica y público, que personas salieran a la calle e increpar a otras personas. A otras personas con responsabilidades en cargos públicos, políticos. Recuerdo a Cristina Cifuentes o a Rosa Díez, esta última en una charla en la universidad. A los políticos de entonces, a todos, sin matices, se les hacía responsables del desastre social y económico que vivíamos. Daba igual el nombre. El puesto. Todo respondía a un único criterio: una oligarquía, corrupta de forma sistemática, que nos había robado y empobrecido en favor de sus intereses partidistas y personales. Ese contexto bastaba: se merecen lo que les pasa.

Los escraches de aquellos años fueron maniobras de acoso que excedían límites democráticos, donde las responsabilidades políticas se piden en los parlamentos -se concretan en las urnas- y los fraudes y delitos se enjuician en los tribunales. Respetando, siempre, la intimidad del político, que es ante todo persona. Pero este razonamiento no terminaba de entenderse entre una izquierda que iba allanando el camino del populismo. Era un razonamiento que sonaba a connivencia con una oligarquía corrupta por sistema. Argumento cómplice de un régimen del 78 cuya casta siempre se nos queda impune -no es cierto: Rato, Cristina de Borbón-.

Ahora, estos políticos que legitimaban la acción política del escrache -práctica que roza el fascismo- han llegado al poder. Y ahora otros son los que acosan con gritos y malas formas, impidiendo que Juan Carlos Monedero cene donde él quiera cenar. Han cambiado los participantes, pero la idea y el hecho son los de entonces. Y llevan al mismo rechazo. No se puede consentir que se eche a una persona, casi a empujones, por pensar distinto. No valen excusas. No importa quién empezara. No importa lo irritante que nos resulte tal persona en Twitter. No es excusa el posible odio que nos provoque. Justificar un escrache es apoyar el acoso. La intimidación. La violencia.

Es cierto que el propio Monedero ha aprovechado el desagradable episodio para hacer lo que mejor sabe: combinar el victimismo y el cinismo, para así sacar ventaja de la situación. Se ha comparado con Lorca. Y ha buscado, tras el incidente, proyectar esa imagen guerracivilista de una España que no hoy por hoy no existe. Es como la credibilidad del propio Monedero, y del que fue su partido: apenas lo vemos.

La división y la tensión social es una estrategia que se le da bien al populismo de izquierdas. Aunque con efectos secundarios a largo plazo: puede volverse en contra. Como se ha vuelto desde hace unos meses, con los escraches a Iglesias en la facultad, en su propia casa; con los insultos a Yolanda Díaz. Y aún hay quien se extraña -y hasta se burla- de que se firmen manifiestos en contra de las persecuciones, los linchamientos y la censura.

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