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Nuestra naturaleza al descubierto

"Algo de nuestra naturaleza sí que ha quedado a la vista en estos días de confinamiento y restricciones: lo que de verdad nos gusta es echar la bronca"

Foto: JON NAZCA | Reuters

Dicen los optimistas ingenuos -en mis tiempos universitarios y chulescos, cuando creía que era mucho más lista que casi nadie, a ese tipo de mirada entre naíf y bondadosa lo llamaba comeflores- que esto saca lo mejor de nosotros y que de esto va a salir una nueva sociedad más justa, más consciente de los demás y del planeta, más solidaria, menos consumista, etc. Yo creo que no, pero soy un poco ceniza, algo así como una aguafiestas. Así que tal vez me equivoque. Ojalá lo que suceda sea un poco un término medio: ni esa especie de utopía autoritaria que se autoabastece, ni la caricatura del consumismo más salvaje. Ojalá se tomen medidas para tratar de parar el cambio climático, por ejemplo, pero espero que no nos dejemos engañar por los cantos de sirena del chauvinismo del bienestar. En cualquier caso, todo dependerá de cómo deje la economía esta crisis, si solo tocada o tocada y hundida.

Pero algo de nuestra naturaleza sí que ha quedado a la vista en estos días de confinamiento y restricciones: lo que de verdad nos gusta es echar la bronca. Decirle a la gente que hace mal las cosas, a los que están en la calle, a los que ponen Resistiré, a los que se ponen mascarilla antes y a los que no se la ponen ahora, a los que hacen bizcochos con azúcar, a los que compran libros, a los que no compran libros y así echamos los días. Por eso me he quitado Twitter del teléfono, además de para no tener la manera de perder el tiempo tan a mano, también porque ese ambiente de clase sin profesor no me gusta. A mí me agota echar la bronca: tengo que echar unas cuantas a lo largo del día (que les pregunten a los vecinos, alrededor de las 20 siempre cae una y siempre al mismo: el que no quiere recoger) y a lo mejor por eso no me uno a esa práctica ni en las redes sociales ni desde mi ventana.

En mi vida alguna peta he echado a algún desconocido, envalentonada por mi presunto civismo y un sentido de la justicia muy desarrollado, según mi amiga Almuden: a un chaval que había tirado un papel al suelo y a otro que dejó una moto cruzada en la acera. Lo humillante no es la respuesta, sino el silencio que sigue. Reconozco que la adrenalina sube, pero también que en cuanto abrí la boca supe que iba a ser para ellos la loca esa que les echó la peta por la calle.

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