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Nuestras conversaciones con él

Si Barack Obama fuese una empresa cotizada, habría sido un hábil inversor quien se hubiera deshecho de sus acciones a principios de 2009, al poco de iniciarse su primer mandato como presidente de Estados Unidos. Las expectativas depositadas en él eran tan altas, tan desmesurados los deseos, que era fácil predecir un derrumbe de la acción cuando el áspero e inflexible principio de realidad se interpusiera en el camino. Ocho años después, acabada el pulso entre la realidad y el deseo, me atrevería a recomendar a los lectores que compren obamas de nuevo. Porque lo vamos a echar de menos y su acción a partir de ahora sólo puede subir.

Un amigo me lo resumía así: «No ha dicho una sola tontería en ocho años». Así es: en ocho años de intervenciones no le hemos escuchado un dictamen apresurado, ninguna opinión ridícula o poco meditada, ningún exabrupto. Ni siquiera en aquel brete embarazoso en que lo puso el comité noruego que, de modo inopinado y volandero, le otorgó el Premio Nobel de la Paz. El cuadragésimo cuarto presidente americano salió al paso: fue a Oslo y dejó para los anales un valiente y honesto discurso que hay que releer para entender lo que quiere expresar Arcadi Espada cuando dice que todo el eje moral de la presidencia de Obama ha sido este: tratarnos como adultos.

Tratarnos como adultos significa hacernos ver que la política no puede solucionar los problemas de manera instantánea. Es ya famosa la metáfora con la que Obama nos invita a representar el funcionamiento de las democracias modernas: grandes navíos oceánicos, en los que, a menudo, lo más que puede hacer quien ocupa el puente de mando es virar el timón uno o dos grados. La ruta se corregirá y en diez o quince años veremos el resultado. Eso es tanto como decir que en política las mejoras suelen ser  incrementales y los acelerones con desprecio de los escollos hunden los barcos.

Pero Obama no es un mero posibilista, sino un posibilista audaz, dispuesto a explorar una y otra vez los límites convencionales de la acción política. Intuye, por ejemplo, que el tejido ideológico de su país no está preparado aún para universalizar la sanidad pública, pero apura el recorrido del mercado privado para dar cobertura sanitaria a veinte millones más de americanos. En la arena internacional, después de un meditado cálculo de riesgo y beneficio, toma la decisión de no atacar a la Siria de Assad. Pero muestra gran arrojo en Irán, con el que cierra un valioso acuerdo, y también en Cuba, donde antepone la visión de largo alcance al escrúpulo ideológico o ético.

Esa ambivalencia es fascinante y por momentos difícil de entender. Que Obama sea el mismo tiempo y con igual autenticidad el emocionante orador del «yes we can» y el político pragmático que sabe conformarse. El retórico que hace brotar la esperanza con la magia de las palabras, y el gobernante que sitúa la prudencia como primera virtud de gobierno. El internacionalista que combate el cambio climático y el calmo realpolitiker que sabe de la utilidad de un dron. El idealista que ambiciona cambiar las cosas y el realista que sabe tratar a las cosas con su debido respeto. El soñador que detesta la épica. Intentando conciliar tantos extremos he creído entender algo de lo que tiene que hacer un gran líder: apelar siempre a los mejores de nuestros instintos y gobernar siempre con un ojo puesto en los peores. Obama sabía hacerlo.

Ahora se va. Al principio de su conmovedor e importante discurso de despedida en Chicago, se refiere a sus «conversaciones» con el pueblo americano. Me gusta la elección de la palabra. Obama es el presidente conversador por excelencia: culto, educado y perceptivo. Porque Estados Unidos es lo que es, también nosotros hemos participado de algún modo en esos coloquios, que sin duda echaremos en falta, según el mundo parece adentrarse en una incierta etapa, de nuevo bajo el inquietante signo de la hybris.

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