Manuel Arias Maldonado

Numen de agosto

Todo aquello que incorpora tiempo en grandes cantidades posee una cualidad vertiginosa. Lo que indica a las claras que es ahí, donde el tiempo, que perdemos pie.

Opinión

Numen de agosto
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Todo aquello que incorpora tiempo en grandes cantidades posee una cualidad vertiginosa. Lo que indica a las claras que es ahí, donde el tiempo, que perdemos pie.

Hablamos de personas: una mujer china muere de hambre, atrapada en un ascensor durante un mes sin que nadie lo advierta; Natascha Kampusch pasa ocho años secuestrada en un sótano vienés, sin saber si logrará salir viva de él; el soldado japonés Hiro Onoda se entrega en Filipinas treinta años después de terminada la Segunda Guerra Mundial. En muchos de estos casos, al vértigo se suma el terror. Porque al tiempo dilatado de la historia se suma el tiempo contraído de la conciencia: una experiencia del sujeto para quien el episodio vital está abierto mientras dura. Es el tiempo de Bergson, el tiempo de Proust.

También están las cosas. Nos estremecemos ante los dos mil años que contemplan a los guerreros de terracota de la dinastía Quin, imaginando el interior de las cámaras funerarias del antiguo Egipto, visitando la Acrópolis. Mudos testigos sin ojos, las cosas nos interpelan con su propia presencia, inmutable a pesar del transcurso de un tiempo exterior a ellas. Bien sabe de esto la ciencia-ficción, cuyos relatos ganan profundidad mistérica jugando con magnitudes de miles o millones de años. Es difícil no conmoverse cuando, en el Interstellar de Nolan, dos astronautas que han pasado varias horas en un planeta sometido a distorsiones espacio-temporales -debido a la cercanía de un agujero negro- regresan a la nave y encuentran a su compañero veintitrés años más viejo que ellos. En Vértigo, Hitchcock emplea las marcas fijadas en el tronco de una secuoya para evocar los abismos del tiempo.

Ahora, la ciencia nos trae noticia de un tiburón que vive en el Ártico y puede vivir hasta 400 años. ¡España todavía era un imperio cuando dio comienzo su existencia! Mientras los atletas se afanan en Río de Janeiro, luchando contra centésimas en pos del récord del mundo de su especialidad, este escualo ha batido el que distingue al vertebrado más longevo. En las fotografías, nos aterra una mirada helada que parece querer decirnos algo. Su aparición, en plena era de la técnica, ofrece a los poetas la oportunidad de salir de nuevo al foro. El numen ya no tiene quien le escriba.

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