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Oakeshott. Lecciones de un conservador escéptico

Foto: Library of the London School of Economics and Political Science | Wikimedia Commons

El filósofo Michael Oakeshott solía decir a sus discípulos que durante su larga vida había logrado mantener a raya el principal vicio de los seres humanos, en especial de los intelectuales: la propensión a tomarse demasiado en serio. El comentario, puesto en boca de alguien a quien el Times consideró en su obituario “uno de los filósofos políticos más sobresalientes del siglo XX” y a quien el Guardian señaló como “quizás el filósofo político más original de la centuria” podía parecer un  ejercicio de falsa modestia. Pero lo cierto es que Oakeshott fue fiel a su palabra. Y si su obra hoy no es tan conocida se debe, entre otras razones, a que a lo largo de su vida cultivó un estudiado alejamiento del ruido del mundo.

En un tiempo en el que muchos profesores universitarios aspiraban a encarnar el ideal de intelectual público, Michael Oakeshott siempre miró con ironía la sed de reconocimiento de los académicos en el mundo de posguerra. Los premios son para quien los quiere y los busca, solía comentar. Fiel a su posición, cuando el gobierno conservador de Margaret Thatcher propuso nombrarlo miembro de la Orden de los Compañeros de Honor en 1981, Oakeshott rechazó. La anécdota no carece de interés, porque Oakeshott siempre se declaró votante conservador. No sólo eso, algunos de sus discípulos ocuparon cargos relevantes en el entorno intelectual del nuevo conservadurismo de Thatcher.

 

“Toda buena conversación, al final, vuelve a los dos únicos temas sobre los que merece la pena hablar en todo momento: el amor y la muerte” —Michael Oakeshott

Michael Oakeshott murió el 18 de diciembre de 1990 en la aldea del sur de Inglaterra en la que vivió retirado desde que en 1968 dejase sus obligaciones docentes en la LSE. En su funeral la anécdota la protagonizó el pastor, quien admitió haberse quedado perplejo tras enterarse por la prensa de quién era realmente aquel vecino atento y jovial que les había acompañado durante dos décadas: “Parece –dijo– que hemos tenido a un gran hombre viviendo entre nosotros”.

Tras su fallecimiento, sus discípulos encontraron en su casa de campo un tesoro lleno de notas, cartas, ensayos y obras inéditas que, al parecer, Oakeshott no consideró importante publicar. Muchas de ellas aún esperan para ver la luz y contribuir, en última instancia, a una comprensión integral de su filosofía. Eso sí, lo que Oakeshott no tuvo problema en publicar en vida es el libro A Guide to the Classics (1936). Obra que, contra lo que pudiera hacer creer su título, no tenía nada que ver con la filosofía política y sí con las carreras de caballos, como clarificaba el subtítulo: How to Pick a Derby Winner. Pero publicar A Guide to the Classics también era una forma de afirmar su libertad frente a las convenciones. Siempre cultivó una imagen de bon vivant iconoclasta entregado a los placeres de la vida y su cultivo de la filosofía no se mantuvo al margen de esta forma de estar en el mundo. “Toda buena conversación, al final, vuelve a los dos únicos temas sobre los que merece la pena hablar en todo momento: el amor y la muerte”, dejó escrito en uno de sus ensayos.

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Una guía para los clásicos (1936) | Imagen vía Amazon.

 

El olvido al que durante décadas ha permanecido el pensamiento de Michael Oakeshott no solo tuvo que ver con su vocación de mantenerse alejado de la vida social. También otro ruido mundano, en este caso las modas ideológicas de posguerra, dejaron su pensamiento en un segundo plano. Pues la relación de Oakeshott con el mundo intelectual de las derechas de posguerra nunca fue fácil. Su ensayo On Being Conservative, escrito a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, es considerado como uno de los mejores ejercicios de reformulación del conservadurismo en términos liberales. Pero no carece de interés recordar que este ensayo fue rechazado para su publicación por la revista Encounter, publicación central en la articulación del mundo intelectual de posguerra, en 1956. El editor que declinó la publicación del ensayo era Irving Kristol, fundador del neoconservadurismo americano, quien alegó que el trabajo de Oakeshott era demasiado secular y ajeno a cualquier noción de verdad.

En definitiva, un ensayo imposible de encajar en el estilo combativo que se exigía a los intelectuales de ambos bandos en las batallas culturales de la Guerra fría. La misma razón por la cual Oakeshott nunca profesó demasiada simpatía por el neoliberalismo, al que acusaba de adorar es exceso la noción de progreso, ni con su reformulación conservadora bajo la etiqueta de Nueva Derecha en los tiempos de Reagan y Thatcher.

“El escepticismo oakeshottiano empuja la filosofía hacia una importante función preventiva: alejarnos de cualquier concepción de la política como culto a la verdad con mayúscula”.

Lo cierto es que el juicio de Kristol no andaba desencaminado, porque si algo caracteriza al particular conservadurismo de Oakeshott es su escepticismo de base. Pues su conservadurismo no depende de ninguna verdad de carácter moral, filosófico o religioso que se impone a la praxis política por su propia naturaleza irrefutable. Al contrario, Oakeshott nos ofrece la genealogía intelectual de su conservadurismo y al decirse heredero de Montaigne, Pascal, Hobbes y Hume pone en la base de su filosofía política una idea central: vale más la utilidad de las instituciones que su fundamentación racional. Ciertamente, podía parecer una aproximación a la política de poco brillo o escasa envergadura teórica si solamente se entiende la filosofía como ejercicio de fundamentación racional en un sentido fuerte. Pero el escepticismo oakeshottiano empuja la filosofía hacia una importante función preventiva: alejarnos de cualquier concepción de la política como culto a la verdad con mayúscula.

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Su ensayo On being conservative, escrito a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, es considerado como uno de los mejores ejercicios de reformulación del conservadurismo en términos liberales.  | Foto: Lawrence OP / Flickr Creative Commons

 

El lector puede encontrar problemática o paradójica la unión del escepticismo y el conservadurismo que ofrece la filosofía de Oakeshott. Sobre todo desde el prisma de una cultura continental donde el conservadurismo siempre ha visto con recelo y desconfianza el escepticismo en tanto que potencial disolvente del statu quo y apoyo del relativismo. Oakeshott, sin embargo, los convierte en aliados naturales. Al igual que Hobbes y Montaigne en los sangrientos siglo XVI y XVII, que asolaron Europa debido a las guerras de religión, Oakeshott se plantea en el no menos trágico siglo XX cómo podemos organizarnos políticamente en un mundo que no comparte una noción última de verdad y ha perdido la fe en los grandes relatos. Y su respuesta, siguiendo a sus maestros predilectos, es apoyándonos en las leyes y costumbres establecidas por convención.

“El arte de gobernar, dirá Oakeshott echando mano de una metáfora náutica clásica, ‘consiste en utilizar los recursos de una forma de comportamiento tradicional para convertir en amiga toda situación hostil'”.

El conservadurismo de Oakeshott, en última instancia, se resuelve en una defensa de un liberalismo que se apoya en lo conocido y familiar que nos es útil, aunque sea imperfecto, frente a la promesa de armonía que ofrecen los proyectos que deslumbran por su coherencia teórica. El arte de gobernar, dirá Oakeshott echando mano de una metáfora náutica clásica, “consiste en utilizar los recursos de una forma de comportamiento tradicional para convertir en amiga toda situación hostil”. La política para Oakeshott no es más, pero tampoco menos. Lo contrario, la concepción de la política como espacio para la realización filosófica, es el camino que lleva directamente al sueño embriagador, de raigambre ilustrada, de perfeccionar la humanidad a través de la ingeniería social. Y como recuerda Oakeshott citando a Flaubert: A mesure que l’humanitè se perfectionne, l’homme se dégrade.

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