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Paco Segarra

Garzón. Stalin. Mi abuelo. Franco

Garzón ni siquiera investigará los crímenes de Stalin en España. Stalin, en cambio, tiene el interés que suscita lo diabólico

Opinión

Garzón. Stalin. Mi abuelo. Franco

Garzón ni siquiera investigará los crímenes de Stalin en España. Stalin, en cambio, tiene el interés que suscita lo diabólico

Baltasar Garzón nunca investigará los crímenes de Stalin porque es un juez filocomunista. Un juez filocomunista es un insulto a la inteligencia y a la justicia, porque lo mejor que puede decirse de la justicia comunista es que es un oxímoron macabro. Garzón ni siquiera investigará los crímenes de Stalin en España. Y a mí me importa un bledo: no pienso dedicar ni una línea más a un tipo que ha olvidado a Jorge Manrique y que, como todos nosotros, se pudrirá en una fosa llena de gusanos.

Stalin, en cambio, tiene el interés que suscita lo diabólico. Llenó de rusos la España de 1936 y alentó masacres de toda índole. Uno de los más siniestros fue Alexander Orlov, jefe de la NKVD –la temible policía secreta soviética–, a quien mi abuelo tuvo el disgusto de conocer. Orlov fue el que despellejó vivo a Andreu Nin, el jefe del POUM y luego hizo creer que habían sido los nazis. El brigada Segarra Martorell de la Guardia Civil, rebautizada como Guardia Nacional Republicana por los rojos, había salvado la vida gracias a los salvajes de la FAI, que eran salvajes pero honrados. Sin embargo, en 1937, los muchachos de Orlov lo detuvieron en Barcelona y lo mandaron a varias chekas, que compartió con anarquistas, trotskistas, curas y gente de derechas. La mayoría fueron apiolados en la carretera de la Arrabassada. Otros se volvieron locos. Los menos fueron deportados al campo de concentración de la Seo de Urgel –mi abuelo estaba entre ellos–. Otro comunista, Enrique Líster, se retiraba derrotado hacia Francia y liquidaba a todos los presos que encontraba por el camino. El brigada Segarra Martorell, compinchado con su carcelero, huyó a Francia y pasó a la España de Franco. Lo condenaron a muerte por venir de la zona republicana pero le conmutaron la pena en el último momento.

Después volvió al servicio y, entre otras misiones, cumplió la de escoltar trenes llenos de judíos desde Port Bou a Gibraltar. Judíos que huían de la persecución nazi, claro. 60.000 judíos que salvaron la vida gracias a don Francisco Franco Bahamonde, por quien los hebreos rezan su kadish, oración de duelo, como justo de Israel (léanlo en ‘The American Sephardi’). 

Por su parte, el asesino de Orlov, temiendo ser purgado por Stalin, huyó a EE UU y allí vivió plácidamente, protegido por el gobierno yanqui, y nunca fue investigado por ninguna jueza argentina discípula de ese Baltasar, émulo cutre de Roy Bean. (Sí, aquel que honraba a la maltratada señora de la balanza con un revólver, un cartel de la actriz Lillie Langtry y un oso bebedor de cerveza). Bebamos, pues, y olvidemos. ¡Mil rayos!

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