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Manuel Aguilera

Careto de asesino

¿Qué dictador asesinó más? La semana pasada fue Trending Topic en Twitter un ranking elaborado hace algunos años que ilustraba de forma sangrante cuáles eran los tiranos más efectivos a la hora de eliminar a sus enemigos.

Opinión

Careto de asesino

¿Qué dictador asesinó más? La semana pasada fue Trending Topic en Twitter un ranking elaborado hace algunos años que ilustraba de forma sangrante cuáles eran los tiranos más efectivos a la hora de eliminar a sus enemigos.

¿Qué dictador asesinó más? La semana pasada fue Trending Topic en Twitter un ranking elaborado hace algunos años que ilustraba de forma sangrante cuáles eran los tiranos más efectivos a la hora de eliminar a sus enemigos.
Cada millón de víctimas era representado por una gota de sangre que al mirarla parecía descubrir una lágrima quizás porque detrás de cada asesinato queda el llanto inabarcable de la memoria. El dictador chino Mao Tse Tung encabezaba tan desgraciada lista con 78 gotas de sangre que equivalen a 78 millones de personas eliminadas. Visto así, como un dibujito didáctico e intrascendente, puede provocar hasta una sonrisa pero no tiene maldita la gracia el horror y la destrucción con que este visionario asoló bajo su bota a sus compatriotas entre 1943 y 1976.

Lo triste es que desde las acomodadas urbes de la Vieja Europa o la “fashionable” Nueva York hasta los asesinos más sanguinarios pueden convertirse en iconos del vacío y el aburrimiento.

Por eso a nadie le extraña que Andy Warhol convirtiera en arte en 1972 un retrato colorido de Mao formado por 10 imágenes. Esta semana fue vendido a un coleccionista privado por 603.190 euros en una subasta de Sotheby´s.

Desconozco el uso que este coleccionista hará de su preciada compra pero esta banalización de símbolos que han causado tanto dolor empieza a cansarme. Todavía más que los asesinos de izquierdas peguen más con los muebles del salón que los de derechas. Para la izquierda de salón qué bien combina el verde olivo de los crueles barbudos pero cómo oscurecen la estancia las gafas de golpista de La Moneda. Yo soy de los que me sigo reinventando en busca de una nueva decoración inequívocamente democrática.

Los dictadores, tiranos y salvapatrias con instintos violentos deberían tener su lugar en las cloacas del WC del apartamento de la historia.

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