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Ignacio Vidal-Folch

La muerte del califa

La confirmación por parte del Laboratorio Sirio de los Derechos Humanos de la muerte del califa Ibrahim (Abu Bakr Al Baghdadi), anunciado hace unas semanas por Rusia –parece que Ibrahim halló la muerte durante un bombardeo de la aviación rusa-, y precisamente en fechas en que Mosul…

Opinión

La muerte del califa
Reuters

La confirmación por parte del Laboratorio Sirio de los Derechos Humanos de la muerte del califa Ibrahim (Abu Bakr Al Baghdadi), anunciado hace unas semanas por Rusia –parece que Ibrahim halló la muerte durante un bombardeo de la aviación rusa-, y precisamente en fechas en que Mosul, la capital en que se refundó el Califato el 4 de julio de 2014, ha sido liberada (sus ruinas, por lo menos) del poder del Estado Islámico, tiene una importancia simbólica grande, aunque sea cierto, como advierte la prensa, que ya haya sido discretamente nombrado un sucesor: lo de “discretamente” es aquí fundamental, pues el Califato existe, y acaso pronto se podrá decir “ha existido”, a partir del momento en que Al Baghdadi compareció y entonó la homilía de la refundación del Califato en la gran mezquita de Mosul: una entronización a la musulmana. Hace de esto exactamente tres años. Tres años ha durado la aventura imperial y conquistadora de Ibrahim. En cuanto a su sucesor, su entronización sin solemnidad, a escondidas, sin la Gran Mezquita de Mosul como escenario de pompa y circunstancia simbólicas, ya da la medida de su impotencia.

El Califato ha existido precisamente desde el gran momento retórico en el que Ibrahim, proclamándose Califa, sucesor del Profeta, insta a todos los creyentes del mundo a acudir en su socorro y someterse a su mando. Lo explica muy bien Philippe-Joseph Salazar en “Palabras armadas”. Es un error, o un tic, o quizá un recurso retórico para negar la existencia a una entidad que la ha demostrado de la forma más factual y sangrienta que pueda concebirse, insistir en calificar al Estado Islámico como “autoproclamado”; pues en realidad todos los Estados se autoproclaman, siempre y cuando dispongan de una fuerza que pueda “sostener con la espada” lo que afirman de palabra. Verdadero principio de legitimidad.

El EI ha existido, aunque brevemente. Adiós, hasta su próxima, guadianesca reencarnación: hasta la solemne entronización ritual del siguiente califa, en algún otro escenario propicio, que seguramente le será facilitado por la política exterior de los Estados Unidos, cuya contumacia en el error es asombrosa desde el Irán del Sha, pasando por el Afganistán, por Irak y Siria. Hasta entonces, con la venturosa caída de Mosul y la muerte de Al Baghdadi, mientras se deshilacha y asesta su agónicos coletazos terroristas en tres continentes, se incorpora como recuerdo tétrico a la larga lista de las Atlántidas que se hundieron y de los países que dejaron de existir. Inch’Alá.

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