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Ricardo Dudda

Si no me puedo inventar nada, no es mi revolución

El referéndum ilegal del 1 de octubre es el verdadero mito fundacional del independentismo. 1714 está demasiado lejos. El 1 de octubre es una herida abierta que ha de mantenerse así. A partir de ese otoño, y de sus consecuencias políticas y jurídicas, el independentismo extrae toda su legitimidad hoy.

Opinión

Si no me puedo inventar nada, no es mi revolución

El referéndum ilegal del 1 de octubre es el verdadero mito fundacional del independentismo. 1714 está demasiado lejos. El 1 de octubre es una herida abierta que ha de mantenerse así. A partir de ese otoño, y de sus consecuencias políticas y jurídicas, el independentismo extrae toda su legitimidad hoy. Los intelectuales del procés tienen la tarea de mantener viva la memoria del 1 de octubre. En los seis meses posteriores a los sucesos surgieron decenas de libros bestsellers sobre el tema (Dies que duraran anys de Jordi Borràs, Els carrers seran sempre nostres de Liz Castro, On eres l’1-O? de Quico Sallés, entre otros muchos). Casi todos, como sugieren los títulos, son libros sentimentales, que construyen un discurso de comunidad agraviada. Para los que lo vivieron (tanto presencialmente como de manera vicaria a través de los medios independentistas) no existe otro registro más allá del emocional para tratar el 1 de octubre.

Este tipo de testimonios ha encontrado su espacio en los medios favorables al procés, pero fuera de ese ecosistema encuentran obstáculos. En el juicio al procés, que se acerca ya a su final, los testimonios sentimentales y subjetivos no tienen cabida. Esto ha provocado un cortocircuito en aquellos acostumbrados a cultivar sin límites su victimismo. Esta semana, la filósofa Marina Garcés comentó en el juicio, quizá con intenciones alegóricas, que el 1 de octubre tenía fiebre y que durante todo el día “alucinó”. Manuel Marchena le reprochó la impertinencia de esos comentarios subjetivos (hay quienes sostienen que no se reprochó a otros testigos, policías presentes el 1 de octubre, la impertinencia de sus comentarios subjetivos).

El juicio del procés tiene una función desmitificadora. Los testigos que trae la defensa intentan enmarcar su testimonio en el mito colectivo, y la incapacidad de hacerlo les provoca incredulidad. Sin la capacidad de edulcorar y mitificar los sucesos del 1 de octubre se encuentran sin relato. Lo que revela son las cámaras de eco del independentismo y el autoengaño colectivo: si no me puedo inventar nada, no es mi revolución.

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