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Jordi Amat

Junts en Nunca Jamás

«Es el silogismo donde está atrapada la política catalana»

Opinión

Junts en Nunca Jamás
Daniel Cole AP Images

El lunes, interpretando un ejercicio de comunicación sincronizada, algunos de los rostros más destacados de la política catalana abandonaron públicamente el partido a través del cual empezaron a construir su carrera profesional y que les ha permitido o les permite ejercer cargos de la máxima responsabilidad de la Generalitat. Algunos de ellos militaban en Convergència desde hace aproximadamente cuarenta años. Otros, los más jóvenes, casi veinte. Con su esperada decisión, que ejecutaron en la red justo después de que Carles Puigdemont levantara su temida espada para trocear el carné del PDCAT, en Cataluña hemos tenido nuestro episodio semanal de la serie saturnal y de consumo interno en la que se ha convertido el Procés: se ha dado otro paso más en lenta pero constante implosión del espacio de poder desde el que se institucionalizó la autonomía en Cataluña.

Lo de Puigdemont fue un tuit. Desde la cárcel donde no debería estar Jordi Turull fotografió la carta que había escrito al presidente del partido que abandonaba. Cuatro consejeros colgaron en la red un comunicado firmado conjuntamente.

La primera línea de este comunicado –suscrito por Buch, Budó, Calvet y Puigneró– afirma lo que sigue: “las organizaciones y los partidos políticos son herramientas e instrumentos al servicio de las ideas, no una finalidad en si mismas”. Aclarar con esta sintaxis disyuntiva lo que los partidos no deberían ser tiene en su caso un descarado objetivo implícito: estigmatizar, bastardizando, la dirección del partido nodriza del que han decidido marcharse. Mientras los apoltronados se quedarían en él solo para conservar los cargos sin importarles las ideas, ellos, que se proclaman leales al “mandato del 1 de octubre”, se van a Junts de Puigdemont (puede ganar las elecciones) para poder seguir siendo coherentes con sus ideas. La paradoja es que ellos dejan el partido de los que caracterizan como apoltronados pero no dejan sus cargos institucionales, a pesar de que durante más de dos años estos cuatro consejeros no han hecho nada relevante que permita certificar la coherencia entre sus ideas y las decisiones que han tomado.

Es el silogismo donde está atrapada la política catalana. Más que la solidez de las ideas y su materialización, lo que cuenta es explicitar la adhesión pura para cuestionar la conducta de los otros y mantenerse en el mando institucional sin gobernar. Así una generación de ya exconvergentes pueden seguir viviendo en el palacio del País de Nunca Jamás en el que se ha ido convirtiendo la Generalitat.

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