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Jaime G. Mora

El presidente ausente

«Sánchez comparecerá, como acostumbra, cuando las polémicas de hoy y de mañana se hayan solapado entre ellas y ya nos cueste recordarlas»

Opinión

El presidente ausente
Bernat Armangue|AP

Saber qué piensa Pedro Sánchez de cualquiera de los asuntos que afectan a su tarea de gobernar se ha vuelto una aspiración imposible. No porque cada vez que abre la boca sea para decir lo contrario de lo que antes defendió, algo a lo que ya nos hemos acostumbrado, sino porque ya apenas hay opción de preguntarle. En la semana que el PSOE ha terminado de cogerle la mano a Bildu, los herederos del tiro en la nuca como método político, el presidente se limitó a viajar a Pamplona para celebrar un acto propagandístico. Allí los periodistas le preguntaron por el pacto con Bildu y las críticas de algunos de sus barones, pero Sánchez pasó de largo.

Hubo un tiempo en que Sánchez sí se tomaba más en serio lo de rendir cuentas ante la sociedad. Fue cuando formó su primer Gobierno, después de sacar adelante una moción de censura en la que prometió ejemplaridad y transparencia. Así pasó, que sus ministros apenas le duraron unos días. Primero fue Màxim Huerta, que no llegó ni a una semana, y luego Carmen Montón, que se vio obligada a dejar la cartera de Sanidad por plagiar en un máster. Cuando los ministros cuestionados fueron Planas y Delgado, Sánchez entendió por qué a Rajoy le compensaba más la burla del «presidente del plasma» que responder de manera efectiva a prensa y oposición.

Sánchez se escondió en la propaganda: entrevistas, las justas, y siempre a medios complacientes que aceptaran hacerlas cuando la polémica de turno ya se había apagado; el Congreso ya tal. Que en el debate sobre la prórroga del estado de alarma optara por delegar en su ministro de Sanidad la defensa de una iniciativa tan extraordinaria da cuenta de lo poco que ha tardado Sánchez en endiosarse. No es solo Abascal, que lo ridiculiza llamándole «emperador», hasta socios como Errejón o Baldoví le reprochan su falta de respeto a las instituciones.

¿Quién iba a decir que íbamos a echar de menos aquellos «Aló Presidente» de la primera ola de la pandemia? A un ritmo de más de trescientos muertos diarios y con buena parte del país cerrado, en mitad de la tramitación de unos Presupuestos capitales para capear la crisis económica y con la derecha incendiada por el sometimiento el PSOE a Bildu, nada sabemos de ese Sánchez que nunca iba a pactar con los proetarras. Comparecerá, como acostumbra, cuando las polémicas de hoy y de mañana se hayan solapado entre ellas y ya nos cueste recordarlas.

Mientras tanto, Ábalos le prepara el camino para justificar la penúltima promesa incumplida: ETA ya no es una línea roja, sino un empeño del PP que «se instala en cuestiones muy antiguas y de tiempos que todos queremos superar». La palabra de moda es «normalizar»: «Bildu hace más esfuerzo en normalizar que el que hace el PP», dice Ábalos, «la derecha, aun cuando había terrorismo, no tuvo ningún problema en lanzar mensajes de normalización».

Normalizar el pasado terrorista, normalizar la mentira de un Gobierno con mil caras, normalizar a un presidente ausente.

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