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José María Albert de Paco

Ho visto Maradona

«A Minguella le habría hecho falta un aval más fiable que sus propios ojos. Habría requerido un resto de esa prosa inflamada que a estas horas se derrama en los periódicos para persuadir a la directiva de Agustí Montal»

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Ho visto Maradona

José María Minguella vio jugar a Maradona en el campo de Argentinos Juniors en 1977. No era a él a quien había ido a ojear, sino a Jorge López, un delantero al que quería colocar en el Burgos. Pero no hacía falta ser Minguella para reparar en aquel portento de 16 años (había debutado con 15) que llenaba de hinchas los tablones del viejo Bocayá. Como Minguella cuenta en Minguella leaks, sus decepcionantes memorias (el escamoteo se advierte desde el título), fue ver al crío y, al punto, negociar con el presidente de Argentinos, Próspero Consoli, un suboficial retirado de la Armada. De aquella Armada.

-Minguella, no puede ser. Si acepto el traspaso me matan.

No pudo ser. Minguella cerró el acuerdo en 100.000 dólares y corrió a ofrecerlo al Barça, cuyo gerente, Jaume Rosell (el padre de Sandro, en efecto, las 400 de Millet), declinó la oferta. Demasiado dinero para un adolescente que no tenía youtube. A Minguella le habría hecho falta un aval más fiable que sus propios ojos. Habría requerido, para persuadir a la directiva de Agustí Montal, un resto de esa prosa inflamada que a estas horas se derrama en los periódicos.

Minguella volvió a la carga en el 78, con Núñez como presidente, y cuando parecía que lo tenía hecho, cuando ya había convencido a Núñez, a Maradona, a Consoli y a Grondona, topó con Carlos Lacoste, el militar que había estado a cargo de la organización del Mundial 78, evento para el que dilapidó unos 500 millones de dólares sin aportar una sola factura. Aquella Argentina.

Antes de la entrevista con el milico, Consoli dio ánimos a Minguella. Él mismo les cuenta cómo transcurrió:

-Me recibió un soldado en unas instalaciones militares del todo lúgubres. Tras atravesar un pasillo casi sin luz, en un cuartucho, me esperaba Lacoste, que me dijo que el jugador no podía irse del país. “¡La patria lo necesita!”.

En 1979, vencida esa resistencia, las negociaciones parecen prosperar. Minguella lleva a Wembley a Núñez, Casaus y Gaspart y, al fin, éstos logran rebañar algún que otro destello de genialidad. Ah, pero la vida, esa cruzada inverosímil, obliga a un paréntesis. Di, Minguella, di:

-En Londres vivimos una situación especial. Coincidimos en el hotel en que nos alojábamos con el popular cantante Demis Roussos y Núñez me dijo que quería conocerlo. Hablé con el griego y no hubo problemas.

(Desde entonces, Minguella es para mí el hombre que presentó a Núñez a Demis Roussos, una de esas escenas tipo el día en que Albano y Romina pararon en Los Checas que mi amigo Rafa Lahuerta lleva prendidas en la solapa.)

Con todo, lo que más me llamó la atención del relato de Minguella fue lo siguiente:

-El partido, por cierto, lo ganó Inglagerra 3-1. Maradona marcó de penalti y Kevin Keegan hizo dos goles, aunque el recuerdo de aquel encuentro fue una jugada tremenda de Maradona, preludio de la que le hizo a los ingleses en México, en que dribló a medio equipo y no fue gol de milagro.

Una decantación biográfica ante la que yo, en un requiebro falaz y retrospectivo, me permito decir: ¡Lo tenía ensayado!

Mas nada pueda igualar la visión de ese mismo eslalon ni el verbo atragantado de Jorge Valdano, el escritor que en sueños sigue corriendo a su izquierda en el Azteca.

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