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Enrique García-Máiquez

La soga

«Es tan grande la responsabilidad de un profesor que cabe sentir la tentación de no enseñar nada para evitar el peligro»

Opinión

La soga
Warner Bros

La actualidad, que se las sabe todas, se busca sus subterfugios para salvarse de sí misma hablando de los clásicos. Para eso le valen las efemérides, las reediciones y hasta las teorías y descubrimientos novedosos. Así, dentro de nada, podremos hablar de Bécquer, gracias a los doscientos años de su nacimiento, que no han pasado por su poesía. Y el año que viene conmemoraremos los 700 de la muerte de Dante, tan vivo como se soñó en su Divina Comedia. Más humildemente yo vengo a hablar de La soga de Hitchcock, con la coartada de que esa espléndida plataforma española de cine que es Filmin la ha incorporado a su catálogo. Por si eso no bastase, añado un argumento borgiano: somos contemporáneos de lo que leemos o vemos ahora, más que de noticias de rabiosa actualidad de las que no nos hemos enterado ni quizá, con suerte, nos enteremos nunca.

Además, hay un argumento final incontestable. La soga es una película sobre educación, y ésta —por desgracia— está en primera línea de fuego de la política. La ley Celaá se ha propuesto reformarla, sin consenso ni consultas a los colectivos implicados, en mitad de una pandemia devastadora y bajo una crisis económica sin precedentes. Yo no acometería ninguna reforma educativa si no se ha visto antes la película de Hitchcock.

¿La película no iba —se preguntará extrañado el lector— de una tentativa de crimen perfecto? Y su gran mérito ¿no consiste en el plano secuencia infinito y en el suspense casi insoportable? Qué va. Eso son juegos de niños comparados con el gran dilema pedagógico que la película plantea y que, ¡ojo!, no resuelve en absoluto. Porque, como le habría gustado señalar a Poe, quien descubre el crimen es, en realidad, quien lo cometió.

La película lo dice explícitamente en varias ocasiones. Fueron las lecciones dadas con todo el atractivo del maestro adorado las que, con el correr de los años, han podrido el alma de sus antiguos alumnos. Al final, el profesor, espantado al descubrir el cadáver, reconoce que había enseñado mal y el mal, pero eso no parece alterar lo suficiente su juicio sobre cuáles son los dos asesinos. No se confiesa tan culpable como ellos o más en espíritu. Quizá, después de todo, sí se trató de un crimen perfecto.

Yo vengo a esta página a denunciar al profesor. Nadie tendría que enseñar a sus alumnos aquello de lo que nos arrepentiríamos si lo aprenden y lo practican. Para mí es fácil verlo, porque lo clavó para siempre en mi memoria Jon Juaristi con el breve poema Spoon River, Euskadi, heredero de Kipling, pero escrito en sangre nuestra: «¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes/ y por qué hemos matado tan estúpidamente?/ Nuestros padres mintieron: eso es todo». Donde pone «padres» hay que añadir «profesores», y ya está la respuesta a la clave de la película de Hitchcock. El admirable profesor que descubre el crimen plantó el crimen con la quincalla nietzscheneana que enseñó a sus alumnos para epatar, haciéndose el interesante y el progresista. La mentira tiene las manos muy largas.

Es tan grande la responsabilidad de un profesor que cabe sentir la tentación de no enseñar nada para evitar el peligro. Es lo que suele suceder cuando no se tienen creencias, según explicó Chesterton. Y parece la pulsión subterránea de tanta reforma educativa edulcorada con buenos propósitos, pero hueca por dentro.

Sin embargo, hay otra gran obra de enorme actualidad, Tío Vania (1899) de Antón Chéjov, que vuelve a versar en verdad sobre pedagogía, aunque tampoco se suele caer en ello. El drama estalla porque Aleksandr Vladímirovich Serebriakov es un falso profesor, alguien que se ha forjado un prestigio de cartón piedra y que no es el sabio maestro que aparenta ser y por el que se han sacrificado todos los otros personajes de una forma u otra. Esa hipocresía del falso maestro es la espoleta que dispara la tragedia.

De modo que para un profesor y, por extensión, para un sistema educativo, no hay más salida que enseñar humildemente lo real. Preparar a los alumnos para una vida hermosa, honrada, inteligente y buena; y explicar la filosofía firme y perenne que les permita cimentarla. Adornarse, aprovecharse o abstenerse son tres actitudes que, de una forma u otra («¿te preguntas, viajero?») acabarán pagando nuestros alumnos y sus alrededores.

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