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Jordi Amat

La causa de la democracia

«’Hoy celebramos el triunfo no de un candidato sino de una causa: la causa de la democracia’, afirmó ayer en su discurso el presidente Joe Biden. Bellas palabras. Defender esa causa de manera práctica, concreta y arriesgada, es lo que hizo Goodman hace apenas dos semanas»

Opinión

La causa de la democracia
Jonathan Ernst Reuters

Elegantes zapatos de piel marrón, un abrigo más o menos a juego y una bufanda azul. El speaker acaba de anunciar su nombre, mezclado entre los otros que son los de los principales representantes del Estado. Los soldados abren las puertas del ceremonial, se escuchan aplausos y ese hombre negro y más bien corpulento empieza a bajar la escalera. Pero no se sentará entre las autoridades o junto con los familiares de los protagonistas del día. Tras descender el último peldaño realiza un ligero movimiento hacia la derecha y se queda de pie junto a dos uniformados. Mira atentamente hacía las puertas de donde él ha salido hace apenas cinco segundos para cumplir con la misión de ese día. 20 de enero en Washington. Hoy Eugene Goodman es el elegido para escoltar a la primera mujer que en breve jurará el cargo de vicepresidenta de los Estados Unidos.

Seguramente este no era el lugar donde Goodman esperaba estar hace quince años, cuando era un soldado del ejército de infantería y había sido destinado a Irak. Quizá podría repetir todavía su número de división, (101) el de brigada (segunda), el de su regimiento (502) y el de su batallón (el primero). Podría lucir las tres medallas que le fueron concedidas, incluida la de buena conducta militar. Pero en 2006 dejó el ejército. Ahora trabajaba como oficial de policía del Capitolio. Un funcionario de seguridad anónimo, como muchos, hasta el seis de enero y ese momento de caos y colapso, cuando los malotes descarriados del populista Tea Party salieron del onanismo de las redes y por unos minutos de histeria institucional creyeron que podían convertir sus fantasías supremacistas en algo parecido a un golpe de Estado mientras se fotografiaban entre ellos para condenarse con un gesto sedicioso de esperpento postmoderno. Crearon pánico y desacreditaron a su movimiento, pero a cambio disfrutaron de su instante de gloria porque enfrente tuvieron poca autoridad. Poca pero alguna. Por ejemplo el veterano Eugene Goodman.

«Hoy celebramos el triunfo no de un candidato sino de una causa: la causa de la democracia», afirmó ayer en su discurso el presidente Joe Biden. Bellas palabras. Defender esa causa de manera práctica, concreta y arriesgada, es lo que hizo Goodman hace apenas dos semanas. Estaba en un pasillo, solo y de repente asediado, frente a quienes pretendían sabotear el proceso democrático tras haber sido alentados por ese peligro para la democracia que ha sido la pesadilla Donald Trump. En el video de ese día se ve al policía con mirada atemorizada, claro, pero con gesto firme. Lleva la mascarilla medio bajada y de entrada no cede, exigiendo a la turba que se fuesen del Capitolio. Podría desenfundar, pero no lo hace y a partir de un momento determinado, sin refuerzos, tiene que andar hacia atrás mientras sigue tratando de evitar que los hooligans del trumpismo crean que pueden volver a hacer América grande de nuevo a su manera. Pero la grandeza es precisamente la de Goodman, la de la permanencia democrática de las instituciones, la que ayer hizo posible que él se plantase en su lugar, mirase hacia las puertas ceremoniales en acto de servicio y, mientras escuchaba los aplausos, pudiese contemplar a Kamala Harris sonriendo, andando hacía su butaca y sin que ya fuera necesario dedicarle la mirada porque todo volvía a su lugar.

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