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Aloma Rodríguez

Carta de naturaleza

«No es muy elegante presumir de hacer lo correcto. En todo caso, lo que aplica en el caso de Rhodes es el privilegio de la fama, y eso debería molestarnos a todos, también a él»

Opinión

Carta de naturaleza
Wikimedia Commons

Hace poco más de un mes el «músico, escritor y activista ocasional por los derechos del niño» –la definición es suya– James Rhodes obtuvo la nacionalidad española por carta de naturaleza, uno de los métodos de obtener el pasaporte español, reservado para circunstancias excepcionales, deportistas, científicos, etc. Rhodes ha colaborado de manera estrecha con este gobierno en la nueva Ley de Protección de la infancia y ha sido recibido por el presidente Sánchez. También ha jaleado al vicepresidente segundo en Twitter y hasta se lo presentó a  David Simon, creador de The Wire, serie que Iglesias está viendo por segunda vez. Son cinco temporadas. Rhodes, además, es pianista, llena salas de conciertos y agota ediciones de sus libros. Tiene algo de iluminado: habla tan bajito, parece tan simpático, y al mismo tiempo en su pasado hay una historia terrible, una tragedia, que lo llevó a la autodestrucción y, finalmente, a la superación gracias a la música. Su historia es edificante, aunque el libro, Instrumental, fuera regular.

Al conocerse la noticia de la concesión de la nacionalidad, muchos inmigrantes quisieron recordar lo costoso que es ese mismo proceso para la gente normal. Es lento, desesperante y, según contaba la escritora Margarita Yakovenko, la manera más fácil de solucionarlo es pagar para agilizar los trámites. Se aprovechó la atención mediática del pianista para denunciar el atasco burocrático que favorece un mercado negro de citas. En Twitter James Rhodes recibió insultos despreciables que más que afear al pianista describen a quien los escribió. Pablo Iglesias se atribuyó el mérito de la nacionalización, aunque en el siguiente tweet ya no parecía formar parte de un gobierno ni poder hacer nada por agilizar el lento proceso para obtener la nacionalidad de miles de residentes que esperan una resolución a su solicitud.

Este domingo, James Rhodes publicó una lamentable columna en la que decía que las críticas a cómo logró la nacionalidad venían de la envidia, pero que así se sentía más español. El vicio nacional, como explicó Fernando Fernán Gómez, no es la envidia, sino el desprecio, y, como demuestran estas líneas, en ese terreno parece que Rhodes está integrado: «He pagado una cantidad pavorosa de impuestos y he hecho todo lo posible por mejorar la vida de mis compatriotas, sean amigos o perfectos desconocidos». O sea, que ha hecho lo que le obligaba la ley en cuanto a los impuestos. Como hacen la mayoría de los españoles y residentes, ha cumplido con sus obligaciones. No es muy elegante presumir de hacer lo correcto. En todo caso, lo que aplica en el caso de Rhodes es el privilegio de la fama, y eso debería molestarnos a todos, también a él.

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