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Juan Claudio de Ramón

La identidad y la tradición

«La identidad quita, la tradición da. La identidad es una celda donde encerrarse. La tradición, un maravilloso desván por descubrir»

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La identidad y la tradición

SUSANA VERA | Pool Reuters

La enésima disputa, tan acalorada como frígida, en torno a la pertenencia a la literatura catalana de autores catalanes que a lo largo de siglos (sí, siglos) han escrito en español (ya expliqué en otro lugar por qué para la lengua en que escriben Mendoza, Cercas, Marsé, Matute, Freixas o Ruiz-Zafón prefiero el apelativo «español» a «castellano») nos la habríamos ahorrado si supiéramos distinguir entre «identidad» y «tradición».

Nadie recuerda cuando la voz «identidad» saltó la cerca de la ontología y de la lógica para ingresar en el vocabulario de la sociología política. Quizá fuese algún filósofo alemán aspirante a teólogo el primero que habló de la «identidad» de los pueblos. En hosco callejón nos metió. Identidad es el atributo que hace de una cosa algo idéntica a ella misma. Se identifica un objeto por un rasgo inmutable que lo singulariza; si pierde ese rasgo estamos hablando de otra cosa. La fijeza es por tanto su propiedad fundamental. La identidad pide ser definida de una vez por todas en el tiempo y el espacio –es lo que es, no lo que ha sido ni será–. Una vez definida no se aviene fácilmente a dejar entrar lo que no concuerda con lo definido, tal y como ha sido definido. «Identidad abierta» o «plural» son esos sintagmas oximorónicos que nos sacamos del magín cuando una senda equivocada nos ahoga en las arenas movedizas del lenguaje.

La «tradición» es, en cambio, dinámica, dialógica: implica al menos dos polos, un  que da y otro que recibe. La tradición (del latín tradere, entregar) es el invento más útil de todos, porque es el que permite transmitir los demás inventos. Pensemos por ejemplo, hablando de literatura, en el infinito tedio que sería que cada generación hubiera de inventar las palabras o la novela o los sonetos. Al contrario que la identidad, la tradición no puede darse nunca por concluida: es un inventario permanentemente abierto en que cada generación va dejando algo en el libro de existencias, perfecciona lo que ya había, olvida o descataloga lo que ha dejado de ser útil o acorde a la moral del momento. La tradición deja huella en el mundo, genera una inercia; aunque se ha hablado de «la invención de la tradición», no es un material que se deje manipular con tanta arbitrariedad como la identidad, que muchas veces no deja de ser un acto de habla del que manda.

La identidad, concepto platónico, no puede encarnarse sin violencia en la historia, para que la voluble vida encaje a martillazos en el arquetipo. Con la tradición, en cambio, dúctil (es decir al mismo tiempo resistente y maleable) se puede hacer lo que se guste: recibirla y disfrutarla, aceptarla a beneficio de inventario o rechazarla sin más. La identidad nos obliga a pensar en términos binarios, la tradición no fuerza a escoger. Con ella y en ella, se puede ser una-cosa-y-la-otra, y no una-cosa-o-lo-otro. Se puede dar y tomar prestada. Entre la identidad y la tradición, por así decir, hay la misma diferencia que entre un monolito y un árbol. Definida de una sola pieza como aquella que está escrita en catalán, yo también tendría problemas para pensar que Marsé es literatura catalana. Pero si cambio a palabra, y pienso en términos de tradición, no me cabe duda del inmenso lugar que el autor de Últimas tardes con Teresa ocupa en la tradición cultural catalana y la necesidad de rendirle homenaje. ¿De verdad hay catalanes tan pobres de espíritu que prefieren devolver al almacén cuatro siglos de literatura que hablan en lengua española de su historia, de sus ciudades, de sus paisajes? Allá ellos. Para mí sería como cortarme dos dedos y medio de una mano.

Por mi parte, suelo decir que España, sin ser mi identidad, es mi tradición, es decir mi herencia. Aquello que, gracias al azar combinado del nacimiento y la geografía, me ha sido dado y de cuyo recuerdo soy custodio temporal: Cervantes, Alhambra, Machado, Josep Pla, y Rosalía; la Torre de Hércules y el páramo de Masa; playas, sierras, olivares. La tradición pone las cosas en su sitio: no es que yo pertenezca a España, como querrían los apóstoles de la identidad, es que España me pertenece. Si investigo y viajo un poco, mi tradición crece. La catedral de Chartres y Madame Bovary también son mías. De modo que España no es mi tradición, sino su parte troncal, con un frondoso ramaje que me lleva hacia Europa y América. No entiendo que haya quien, habiendo recibido el mismo patrimonio, lo desdeñe. La identidad quita, la tradición da. La identidad es una celda donde encerrarse. La tradición, un maravilloso desván por descubrir.

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