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Juan Marqués

La vida perra del crítico de libros

«Cuantos más libros se leen, más lecturas pendientes hay, pero ésta es una paradoja fácil de explicar, casi obvia»

Opinión

La vida perra del crítico de libros
Unplash

Cuantos más libros se leen, más lecturas pendientes hay, pero ésta es una paradoja fácil de explicar, casi obvia. Todo el mundo sabe que un libro lleva a otros libros, en una cadena infinita, y ya decía Borges que, si metes un libro en casa, entonces quedas irremediablemente condenado a hacer espacio en tu hogar a todos los libros del vasto Universo, algo que, lejos de ser absurdo, es perfectamente lógico. Si uno lee el libro adecuado a los ocho, o a los once, o a los quince años, no más tarde, entonces ya está enganchado, ya no hay nada que hacer, ha empezado un camino personal definitivo que durará lo que dure su vida o su cordura. Y eso explica también por qué las personas que no leen un libro ni aunque les paguen tres mil euros por ello jamás saben qué leer. Me hacen muchísima gracia. Cada vez que veo que alguien, sobre todo si es del «mundo del libro», publica en las redes sociales un «¿Qué me recomendáis leer?», «¿Alguien me recomienda un libro bueno?», yo le doy unos likes grandes como coliflores. Esa sería una buena definición del no lector: un adulto que pregunta qué puede leer.

Los reconoceréis también en esos que entran a las librerías, o te visitan, y se quedan un buen rato mirando las estanterías, con un interés tal vez no completamente fingido, y al final musitan un «Ay, no me decido, es que no sé, ¿tú cuál dirías?…». Es, una vez más, natural: si no lees nunca, no tienes nada que leer; si lees constantemente, varias horas al día, los libros apremiantes se amontonan.

Me encuentro, queridos amigos, en una grave crisis profesional. Hace unos pocos meses cumplí cuarenta años y tomé algunas vagas decisiones al respecto. Uno de los buenos propósitos que me hice para el 2021 que por entonces se acercaba es leer un poco menos. Nunca he leído demasiado rápido, nunca me he permitido «leer por leer», «leer a vuelapluma», «leer a lo que salga»… siempre he preferido leer un libro bien, con lapicero, que tres de pie, por el mismo motivo por el que es mejor deambular por una sola ciudad durante una semana que visitar diez en dos. Y sin embargo…

Sin embargo, llegaron las famosas listas de los mejores del año, y entonces asistí a un pitorreo general que me molestó. Yo nunca he sido muy amigo de esas listas, que me parecían incompletas, injustas, imposibles, en el mejor de los casos, y arbitrarias o interesadas en los peores. Desde que me pagan por las mías les tengo más simpatía, pero no me engaño. Ahora bien, viendo el descreimiento, el escepticismo o, en fin, el nihilismo de algunos comentarios (y muy especialmente de ese, recurrente, que afirmaba que los críticos valoramos libros que no hemos leído, o que en todo caso hemos mirado a medias…), decidí echar sobre mis incautos hombros una tarea heroica, pensando en los lectores del The Objective. Decidí, básicamente, leerlo «todo», para poder dar estadísticas científicas y documentadas sobre cuánto se puede leer.

Cuando me dicen que es imposible que lea todo lo que parece que leo siempre respondo que lo que parece que leo es en realidad un tercio del total. Yo leo tesis doctorales de Humanidades para una Universidad (para recomendar o no su publicación) y originales literarios para dos editoriales, ejerzo de pre-jurado en varios premios (de modo que leo o por lo menos sobrevuelo cientos de mecanoscritos encuadernados que van directos a la «inedición») y de jurado en algunos (así que leo finalistas que lo mismo, carnaza para el Gran Silencio), leo libros de amigos que no siempre llegan a buen puerto (el espinoso tema de «los libros de los amigos» dará para otro artículo), y leo, en fin, muchas cosas que no exhibo en las redes, de cuya lectura no presumo porque, digámoslo así, no habría modo de presumir. No pensaba renunciar a ningún trabajo de ésos, y pensaba seguir dedicando algún minuto a mis hijos, de 9 y 7 años, pero a la vez me propuse leer todo, sólo por un año, a modo de experimento, para poder escribir en navidad un artículo poderoso.

Pues bien, estamos a comienzos de marzo y tiro ya la toalla. Hay que decir que, obviamente, los propósitos eran ya muy reducidos: llevo años leyendo poca ficción traducida, porque quiero poder hablar de aquello que se supone que es lo mío, la literatura en español, y a ello me puse, a conciencia. Lo fundamental para mí era que cuando alguno me preguntara en diciembre «¿Pero cómo te atreves a juzgar cuáles son los mejores novelas en español del año?, ¿acaso te las has leído todas?…», poder responder «Sí». Enero y febrero fueron más o menos bien (aunque con muchos apuros), llega marzo y ya he decidido abandonar. Escribo este artículo el viernes 12 de marzo, por la tarde, y sólo voy a contar lo vivido en estos diez días que llevamos de mes. Terminé el Manuel Jabois cuando terminaba febrero, apurando. Me esperaba Jesús Carrasco, a quien había apartado provisionalmente para dar preferencia a Luis Landero. Pero apenas lo empecé, llegó Esta herida llena de peces, la ópera prima de la colombiana Lorena Salazar Masso, y sus primeras páginas, fascinantes, interrumpieron todo lo demás. Mientras leía esa novela hermosísima llegaban más cosas, pero no fui tentado, aunque leí en descansos los primeros cuentos de Sacrificios humanos, de María Fernanda Ampuero, que prejuzgaba poco escritos para mí, y también me encantaron (Ampuero escribe realmente bien, con talentazo, una literatura que no me gusta nada). Pasé a recoger otra ópera prima, de Marta Jiménez Serrano, pero en la oficina me esperaba ya La senda de las nubes, de Catherine Françoise, y eso sí me apetece de verdad, y quiero leerlo despacio, disfrutando, aprendiendo. Seguía avanzando en Ampuero cuando el Salvatierra de Pedro Mairal se impuso: novela maravillosa también, adictiva, que por fortuna se lee rápido, porque llegaron otras dos reediciones (Facsímil, de Alejandro Zambra, y el Venecia de Félix de Azúa) a las que tenía ganas. He de decir que leo poesía todos los días, y voy leyendo los cuentos de Max Aub en Cuadernos del Vigía y las cartas de Philip Larkin en La Umbría y la Solana, para sendas reseñas comprometidas, pero me apetecía mucho empezar con Jiménez Serrano, picoteando en Ampuero, cuando llegaron Los papeles de Herralde, y eso hay que curiosearlo. También llegaron El diablo tras el jardín de Ginés Cutillas y Lo malo de una isla desierta, de Javier Echalecu, pero como ésos los había corregido yo a finales del 2020, pasaron a la pila de los leídos sin pasar por mis sobreocupados ojos. Y en ésas estábamos cuando me encuentro, en pruebas, con las 620 páginas del nuevo volumen el Salón de Pasos Perdidos de Andrés Trapiello, que es mi libro favorito en el mundo. Como además se ve desde el comienzo que Quasi una fantasia va a ser el mejor tomo en diez años (y un golpe de volante considerable, en muchos sentidos), lo demás queda muy eclipsado: me quedan tres cuentos de Ampuero, Carrasco quedó varado sin empezar, Jiménez Serrano reclama atención (pues he de entrevistarla para otro asunto), he decidido que igual lo de Herralde no hace tanta falta, me produce curiosidad la novela de Julieta Valero, Françoise exige tiempo de calidad, me ha llegado un libro para corregir y tres para informar, no recuerdo ya en qué punto dejé la relación de Larkin con Monica, Zambra pregunta por su turno, Azúa pide audiencia y entretanto las pruebas del nuevo Cercas están sin abrir, y acaba de llegar Javier Marías y una vieja novela de Irene Solá (si no han leído ya Canto yo y la montaña baila olviden todos estos títulos y corran a por ése), y se anuncia un inminente nuevo Mendoza, y no sé qué diario de Marsé, y ya se acerca la fantástica Eva Puyó, y el lunes me llega el Premio Biblioteca Breve, y… Si agobia sólo leer la lista, como para proponerse leerlo todo (y leerlo bien). Y todo eso sólo en doce días de marzo.

No puede ser. Es cierto que llegará el verano, e igual uno podrá recuperar el tiempo, rescatando entonces lo que haya ido quedando arrumbado, pero no sé, me veo demasiado desbordado, nervioso, mirando de reojo lo que espera, sin disfrutar de lo que se tiene en las manos. No puede ser. Y uno quiere leer otras cosas, releer el Lord Jim, recuperar libros que ya quedaron aparcados o apartados en otros amontonamientos.

De modo que ya puedo refutar en marzo aquello que quería demostrar en el próximo diciembre. Tener que leer la literatura conforme se produce no es tan malo como pudiera parecer, pero la conquista del presente implica el descuido de lo valioso. Es como si los libros que me rodean tuvieran ojos: los recién llegados me miran con ojos urgentes; los que llevan conmigo desde siempre me contemplan con ojos compasivos.

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